Plato preparado con cuy, una de las especialidades propias de la serranía ecuatoriana y que también se sirve en las Islas.
“Mucha gente originaria de esta provincia trabaja la tierra de la isla Santa Cruz, vive por años en la zona de El Cascajo, o Bellavista, o Santa Rosa, y honra, tal vez con un poco de nostalgia de su accidentada serranía, cada oportunidad para recordar sus raíces”.
En las islas Galápagos he aprendido de las costumbres y decires del país entero, más que en mis viajes por el continente ecuatoriano. Gente de varias regiones ha colonizado el archipiélago, trayendo sus tradiciones, expresiones artesanales y musicales, su gastronomía. Incluso en el desorden de construcciones de Puerto Ayora se adivina si el dueño vino de la sierra, de la costa, o del oriente, porque quedan marcadas sus tendencias “arquitectónicas”. Y si bien esta pluralidad puede no ser provechosa para la estética de una ciudad en crecimiento, es fuente rica de talento humano y de cultura, de la que deberíamos nutrirnos para crear una nueva sociedad, con objetivos y visiones conjuntas, a la vez que megadiversa.
En Bellavista he probado el “repe”, sopa hecha de leche, quesillo, culantro y guineo verde; también aquí he degustado la “cecina”, con carne de cerdo (y tal vez todavía, de caballo), cortada finamente y secada al sol, para luego asarse sobre brasas; se sirve con yuca cocinada y ensalada de cebolla. Y como postre para acompañar este banquete especial, lo mejor es “miel de quesillo”, un plato que combina la dulzura de la miel de panela vertida sobre queso sin sal, tierno o maduro. ¿De beber? ¡Horchata! Una combinación de hasta 17 flores y hierbas que puede servirse helada, fría o caliente y que impregna el lugar de un particular aroma fresco y floral. Estas son todas exquisiteces de Loja.
Mucha gente originaria de esta provincia trabaja la tierra de la isla Santa Cruz, vive por años en la zona de El Cascajo, o Bellavista, o Santa Rosa, y honra, tal vez con un poco de nostalgia de su accidentada serranía, cada oportunidad para recordar sus raíces. Así, por la Independencia de Loja (18 de septiembre), o por su fundación (18 de noviembre), o por el día de la virgen de El Cisne (20 de agosto), los lojanos-galapagueños celebran.
Los habitantes de las islas somos pues producto de la migración. Los asentamientos permanentes no surgieron antes de principios de 1900; hablamos entonces de, a lo mucho, cuatro generaciones. Bisnietos, nietos, hijos de gente, o aventureros actuales, que dejaron su lugar natal en busca de incitantes horizontes. Con cada oleaje de arribos humanos, nuevas costumbres, dichos, incluso lenguas, se han ido incorporando al diario vivir en las Galápagos.
Varios grupos han conformado asociaciones o clubes; unos más organizados que otros o más activos. Y se come cuy (que aun no entiendo si se lo ha “introducido” y ya se lo cría en las islas, o si se lo “importa” hornado desde el continente), y mazamorra morada y las “guaguas” de noviembre, y el bolón manaba, en fin, las expresiones culinarias del país y del mundo se mezclan y disfrutan. Es positivo mantener viva la riqueza de cada cultura; lo óptimo, que las visiones sean compartidas y se forje una identidad común.
Recuerdo una frase en El desajuste del Mundo, del escritor libanes Amín Maalouf: “Para que el pasado se convierta en pasado no basta con que el tiempo pase. Para que una sociedad pueda trazar una frontera entre su hoy y su ayer, tiene que contar, de este lado de la hipotética frontera, con algo en que asentar su dignidad, su respeto propio, su identidad; tiene que contar en su activo con descubrimientos científicos recientes, con éxitos económicos convincentes, con manifestaciones culturales que los demás admiren...”.
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