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Antes de que llegue el olvido

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Héctor Abad Faciolince, (1958), autor de la novela El olvido que seremos.


Y es que, en esencia, los seres humanos, pese a las experiencias que acumulamos a lo largo de la vida, somos lo que fuimos. Lo que vivimos de niños, lo que se nos inculcó en la casa, lo que nos dijeron nuestros padres, lo que descubrimos por cuenta propia. Estamos constituidos, en gran parte, de recuerdos, de evocaciones; también de ausencias y silencios. Y podemos ser olvido cuando ya nadie nos recuerde.

La obra de Abad Faciolince se titula El olvido que seremos, que no es una novedad editorial, pues se publicó en el 2006, pero todo libro se torna una novedad para el lector en el momento que lo encuentra y lo lee. De manera que, tras varios años de publicado, llegan a mis manos estas memorias, que son tal vez el intento del autor de proteger a su familia y, particularmente, a su padre, de ese olvido que de alguna forma todos seremos algún día, cuando los dueños de los recuerdos se vayan ausentando. El eje de la obra es el doctor Héctor Abad Gómez, quien nació en 1921 y fue asesinado en 1987, fecha en que Héctor, su hijo y autor del volumen tenía 29 años.

El libro, que hace un recorrido por la vida de este médico y catedrático colombiano, de pensamiento liberal y de ejecutorias que propendían a mejoras sociales, conmueve desde el comienzo, pues nada más abrirlo, el lector se encuentra con un epígrafe: “Y por amor a la memoria llevo sobre mi cara la cara de mi padre”, de Yehuda Amijai.

Es una frase que introduce de lleno en la narración, que se instala en el pasado, principios de la década del sesenta, cuando Héctor Abad Faciolince era apenas un niño que vivía en una casa acomodada, rodeado de muchas mujeres (madre, hermanas, empleadas, etcétera) y de su padre, que a más de él, era el único hombre. El pequeño, contrariamente a muchos de su edad, no sufría de ‘mamitis’, sino de ‘papitis’, pues para él su progenitor era el ser más especial del mundo: el que lo abrazaba, contrariando la costumbre de que ningún papá abrazaba a sus hijos; el que le infundía seguridad, el que le abría las puertas del conocimiento, el que corregía sin castigar.

Abad Faciolince utiliza un orden cronológico para escribir la vida de su padre y de su familia, a la par que da cuenta también del pensamiento de la sociedad colombiana de la época y de las fricciones que produce un pensamiento distinto, que suene a disidencia, a salirse de lo establecido, en un entorno que las cosas son así porque sí. Es la historia de cómo la sociedad colombiana se tornó violenta y de cómo esa violencia cortó la vida de este médico. El libro es, asimismo, la historia de una familia que pronto se encontró cara a cara con la muerte, con la prematura enfermedad y fallecimiento de una de las hermanas del autor. Pero si bien nombra la muerte, también exalta la vida, el valor de atreverse a ser distinto. El papel vital de las mujeres de la casa y de la madre, que se convirtió en empresaria. El olvido que seremos es un libro para no olvidar. Una obra para recordar. Y para aprender a amar la memoria.

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Ironía sobre crimen y prensa

El escritor mexicano Antonio Guadarrama presentó su nuevo libro, La nota roja, un conjunto de relatos novelados que reflexionan irónicamente sobre el crimen y el trato que se le da en la llamada prensa amarilla en México.

En un acto celebrado en la capital mexicana en el Instituto Nacional de Ciencias Penales (Inacipe), Antonio Guadarrama comentó que su libro en realidad “no tiene nada que ver con la nota roja”, dado que no es un recuento de los muertos de hoy día.

“Es más bien el lado humano de la nota roja, una parodia de la misma y una ironía”, apuntó. La nota roja parte de una serie de historias reales de sangre, corrupción, pobreza, injusticia y desolación que el autor entrelaza de manera ficticia a través de su protagonista, un reportero al acecho de noticias para su periódico.

El acto contó también con la presencia de los escritores mexicanos Bernardo Esquinca y Antonio Ramos Revillas. Este último dijo que la nota roja consigue que el ser humano se pregunte cómo puede un hombre hacer algún daño a otro y por qué existe una cobertura periodística de estos hechos tan violentos. La conclusión a la que llegó es que aquello a lo que más se le teme es lo que más curiosidad causa. Ramos, natural de Monterrey, dijo que en los últimos años los informativos de su región “se han convertido en noticieros de nota roja debido a la sobreexplotación de la violencia”.

A este respecto, el autor del libro concluyó que “la nota roja es algo necesario” porque no se pueden echar “los muertos debajo del tapete”, además de asegurar que se trata de “un mercado y un negocio tan válido” como cualquier otro.

EFE

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