Mario Vargas Llosa fue el gran protagonista literario del 2010. El escritor peruano ganó el Premio Nobel por el conjunto de su obra, que va desde la novela hasta el cuento, el ensayo y el teatro. Con este galardón, la Academia Sueca reconoció, a la par, a la literatura que se escribe en Hispanoamérica, en español, heredera de Miguel de Cervantes Saavedra. Una literatura que, como El Quijote, cabalga, lucha y sueña.El autor de La ciudad y los perros se sumó así al selecto grupo de latinoamericanos que han obtenido este lauro: Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez.
El Nobel le llegó a Vargas Llosa a los 74 años, cuando ha escrito y publicado tal vez lo mejor de su obra. Sus últimas novelas, Travesuras de la niña mala y El sueño del celta, quizá demuestran que al autor le es difícil ya superarse a sí mismo, luego de una prolífica trayectoria que se sostiene con una infinidad de títulos, que lo corroboran como uno de los grandes autores de este continente y del mundo. Es la sensación que se tiene también frente a la producción literaria de Gabriel García Márquez, el otro clásico vivo de las letras en español y amigo de juventud de Vargas Llosa.
Pero si la noticia del Nobel para el autor peruano copó el espacio noticioso de los últimos meses y le insufló algarabía al quehacer literario, el 2010 no tuvo ese tinte festivo durante todos sus meses. A lo largo del año hubo fallecimientos que silenciaron voces prominentes de las letras, como por ejemplo, la de José Saramago, Premio Nobel de Literatura 1998, un autor cercano para Latinoamérica. Originario de Portugal, vivía en España y aunque escribía sus obras en portugués, estaban disponibles de inmediato en español, gracias al trabajo de Pilar del Río, esposa del autor, quien traducía de manera simultánea los textos de su esposo.
Y ni bien el mundo literario asimilaba esta pérdida, llegó otra noticia de muerte: la del ensayista Carlos Monsiváis, ese enorme cronista de la mexicanidad y de la cultura popular. Y mucho antes había fallecido el argentino Tomás Eloy Martínez, un referente del periodismo y la literatura, que noveló realidades y mitos de su país en obras como Santa Evita o El cantor de tangos.
Ecuador también dijo adiós a sus autores: el filósofo Bolívar Echeverría y los poetas Fernando Artieda y Francisco Pérez Febres-Cordero. En nuestra cultura asumimos la muerte como pérdidas, y lo son; pero como decía la escritora Lucrecia Maldonado, ellos existieron, escribieron, los leímos, y esa es la ganancia. Una ganancia que permanecerá. Que es inmortal. Su palabra se juntará a la de las nuevas generaciones. En Latinoamérica hay una literatura joven que empieza a ser visible. Y en Ecuador también: obras de escritores como María Fernanda Pasaguay, Eduardo Varas, Solange Rodríguez, Miguel Antonio Chávez, Juan Fernando Andrade, entre otros nombres, muestran un camino que se vislumbra auspicioso. Bienvenido, 2011. Y que este sea un año lleno de letras.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Inéditas cartas de Carpentier
La correspondencia inédita que sostuvo el escritor cubano Alejo Carpentier con su madre, entre los años 1928 y 1937, mientras vivía en París, fue presentada en La Habana en un volumen que reúne 138 misivas que pueden ser leídas como una “novela”.
Con el título de Cartas a Toutouche, como Carpentier (1904-1980) llamaba a su madre, Lina Valmont, el libro inaugura la colección Documentos del autor, en la que se publicará parte del patrimonio bibliográfico conservado por la Fundación Alejo Carpentier.
El epistolario incluye solo dos cartas redactadas fuera de París y comenzó a escribirse en francés, el idioma que según los especialistas usaban en su conversación el novelista y su madre, cuyas misivas no se conservan. “Es una correspondencia que tiene una información importantísima sobre los años de formación de Alejo en París, que son trascendentales para toda su vida posterior”, dijo el vicepresidente de la Fundación, Rafael Rodríguez.
En su opinión, las cartas privadas entre el Premio Cervantes 1977 y su madre podrían ser consideradas desde cierta lectura como “una especie de novela” por sus temáticas y detalles, que incluyen la vorágine del escritor como corresponsal en París.
“Él estaba allá un poco para dar a conocer en París y en Europa a América Latina, que no se conocía, y en particular Cuba”, explicó Rodríguez, y recordó que al mismo tiempo Carpentier escribía sobre la vida cultural y política de Francia para varios medios de prensa de la isla. Efe






