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El origen de la autoestima

“Muchos padres se sorprenden, y se frustran, cuando ven a un hijo actuar con inseguridad o con sentimientos de inadecuación en su interacción con el medio”.

Muchas veces damos por descontado que un hombre con alta autoestima debe tener hijos igualmente seguros y satisfechos de sí mismos, como si este tan importante rasgo de la personalidad fuera una característica hereditaria y por consiguiente automática. Muchos padres se sorprenden, y se frustran, cuando ven a un hijo actuar con inseguridad o con sentimientos de inadecuación en su interacción con el medio. Algunos de ellos piensan que la solución es empujar al niño a enfrentarse al problema (que es lo que ellos harían), sin más preparación que el temor a decepcionar más a su progenitor. Por lo general el resultado es que el niño comience a ocultar sus fracasados intentos de adaptarse a su ambiente (social, escolar, afectivo, etcétera), creándose así un problema adicional de comunicación y falta de identificación con el padre.

La autoestima, que en su definición corta significa tener una visión saludable de sí mismo, poseer una actitud positiva hacia el mundo y plantearse metas realistas, no está genéticamente determinada. Es un proceso de aprendizaje que debe empezar temprano en la vida del niño pero no tiene fecha de graduación. Tiene varios maestros, aunque los principales son la familia y los padres. A diferencia de la escuela, no se le debe enseñar con lecciones, ni exámenes, peor con amenazas o castigos. La mejor, tal vez la única, forma es con el ejemplo (fundamental, es la herramienta más efectiva), el estímulo oportuno, la recompensa apropiada y la demostración de protección, confianza y respeto. Y jamás compararlo desfavorablemente con nadie.

Es vital enseñarle a ser perseverante: desarrollar la paciencia y constancia para intentar, fallar, prepararse mejor, intentar de nuevo. Y aunque no lo logre, sentir la satisfacción de haber dado lo mejor de sí (y si no pudo en deportes podrá en idiomas, o en ciencias, o en arte, jamás debe darse por vencido). Es lo que finalmente hará que desarrolle autorrespeto y esté consciente de su valor real, y le permitirá mantener la mirada alta frente a la vida. Sobre todo sabrá de qué y de cuánto es capaz, y se merecerá el respeto de los demás por sus propios derechos.

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