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Alfaro en el cine ecuatoriano

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Escenas de Alfaro, la película, dirigida por Juan Diego Pérez Ponce. El actor Nayib Salazar en el rol protagónico.

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Escenas de Alfaro, la película, dirigida por Juan Diego Pérez Ponce. El actor Nayib Salazar en el rol protagónico.

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Escenas de Alfaro, la película, dirigida por Juan Diego Pérez Ponce. El actor Nayib Salazar en el rol protagónico.

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Mejor que antes, documental de Andrés Barriga.


Dos perspectivas sobre Alfaro, la película y Mejor que antes, recientes producciones cinematográficas ecuatorianas sobre una de las grandes figuras de la historia del país.

El Alfaro que no vimos
Germán Arteta, investigador histórico


Toda obra destinada al conocimiento y difusión de los valores de nuestra identidad merece estímulo, revisión seria y un pronunciamiento responsable. Este criterio estuvo presente al observar el documental de Andrés Barriga titulado Mejor que antes, en el que los interesados desearon encontrar la figura del general Eloy Alfaro con toda esa carga de pensamientos, acciones y anécdotas que despiertan el interés de la comunidad.

Pero la propuesta del realizador parece ser otra, que incursiona en lo novedoso, y entonces vemos a un Viejo Luchador distante y muy lejano, que aparece en unas pocas tomas difusas, sin siquiera mostrar su conocido rostro. Por fortuna, de esto se encargan las imágenes del busto en su natal Manabí, el ya clásico monumento de Guayaquil y un mural en lo que queda de la antigua sede del Frente Radical Alfarista en esta ciudad. Hay orfandad de contenido histórico.

La escena de la biblioteca, donde una empleada encuentra un documento que firma Flavio Alfaro, abona algo en favor de la producción y hace desear que aquella mantenga al menos la línea de novedades biográficas. En este intento participa un grupo de escolares, que a pesar de su voz fresca y al parecer exigida memorización, dice textos con palabras difíciles en medio de una advertida rigidez corporal.

El contenido de Mejor que antes trata de hurgar, cuestionar, denunciar y responder, mas con ese repetido cortar, que le resta continuidad, se aleja de las respuestas a las interrogantes inscritas en la cinta: ¿de dónde vienes?, ¿a quién hablas?, ¿por quién hablas?, ¿qué eres?... Incluso los ‘testimonios’ de los padres cuyos pequeños hijos murieron en Quito, la del ex militante del grupo Alfaro Vive Carajo y los de la niña migrante resultan incoherentes para hacer efectivo el mensaje que se intentó lograr en favor de la historia y del líder manabita.

La presencia de un Manuel J. Calle (Alfredo Espinoza), crítico, agudo, mordaz y dialéctico, que con un fluido lenguaje cargado de ‘resentimiento’ y de cierto justificado reproche apenas intenta escuchar a su interlocutor que trata de ablandar o desvirtuar tales conceptos echando mano a argumentos lógicos, exige aguzar el oído y la vista del espectador que se embarca en la propuesta de Alfaro, la película.

Frente a ese ‘enganche’ que ofrecen las escenas en las que participan el combativo periodista cuencano –Calle– y uno de sus jóvenes colegas, surge como contraparte –para equilibrar la narración del hecho histórico que se impone en el filme– la figura y voz de un Eloy Alfaro (Nayid Salazar) que explica y defiende su obra como lo hace a Carlos Andrade (David Torres), durante el viaje en el tren que lo llevó a Quito para su martirologio en enero de 1912.

Una lección de memoria patria bastante lograda, pero que en ocasiones decae porque el texto abunda en ‘cartelazos’ hablados de primer plano que impiden al espectador emprender en sereno discernimiento y formar su juicio, en tanto que los personajes políticos cuestionados y cuestionadores recargan sus expresiones y diálogos que los alejan de la realidad en la que estuvieron inmersos.

Aun así, el esfuerzo por darle matiz épico a la película se encamina a su objetivo y se recuperan pasajes de la memoria nacional, que abren caminos halagüeños aunque todavía demandan investigación y profundidad para temas como el que inspira esta obra cinematográfica. Película para el diálogo, el debate y la reflexión, que ofrece mucho más que otras producciones de similar propósito.

Don Eloy no vive aquí
Carlos A. Ycaza, cinéfilo


¿Qué tiene que ver un compositor vangauardista con Eloy Alfaro? En Mejor que antes Andrés Barriga –su realizador– intenta ligar los más disparejos aspectos de la sociedad ecuatoriana actual con la ausencia de la figura del legendario revolucionario manaba. Lo de revolucionario puede también ser retrocionario, porque en el documental no hay nunca una coherencia narrativa que nos lleve a conclusiones, salvo a dejarnos llevar por el lírico ritmo de las imágenes de Diego Falconí –director de fotografía– hacia las intelectualosas y melancólicas reflexiones de Barriga.

Así, de las variaciones pianísticas registradas con el músico nacional Nelson García, pasamos a lo impensable: conocer a una pareja de esposos sindicados por el asesinato de sus hijos, en uno de esos casos de la vida real que saturan la crónica roja de los noticiarios, que también vemos. Seguimos a niños de escuela recitando sus lecciones de historia a la cámara, recordando momentos de la vida de Alfaro y su trascendencia en la forjación de una identidad ecuatoriana, búsqueda que nunca es debidamente esclarecida en la película. De repente aparece el propio Alfaro en filmaciones históricas silentes, pero las imágenes nunca nos conectan a nada. Simplemente aparecen, como cuando vemos las ruinas de los ferrocarriles parqueados como fantasmas de la inoperancia estatal que heredó el país.

De estas conexiones impredecibles, de estos confusos borradores mentales de Barriga, quizás lo más chocante es ver a Juan Cuvi –ex miembro del grupo insurgente Alfaro Vive Carajo– contándonos sus “aventuras” como participante en el secuestro de Nahim Isaías, como una especie de apacible guía-sobreviviente de las torturas a las que fue sometido en Guayaquil cuando fue capturado. ¿Es él entonces un héroe de la causa alfarista? Don Eloy no vive allí: esta es la segunda vez que Cuvi aparece como heroico testigo de una historia criminal en desenfocados documentales ecuatorianos. ¿Estamos ahora mejor que antes?

En Alfaro la película, la dramatización de época que el realizador Juan Diego Pérez acaba de estrenar, el enfoque se va a lo estrictamente didáctico. Al director y a su guionista Diego Pérez no les interesa nada más y nada menos que enseñarnos una lección de historia tratando al público como estudiantes colegiales, más o menos como esos robóticos niños del documental de Barriga. Esto afecta considerablemente la narrativa, con excesivos diálogos panfletarios en una acción que traquetea tanto como las secuencias en el destartalado tren que transporta a Alfaro, tratando de condensar sus últimos años en 100 minutos.

Lo más grave es la obsesiva carga política. Por eso ningún personaje parece ser de carne y hueso y las escenas podrían servir para uno de esos álbumes de cromos que antes se editaban con el auspicio de alguna gaseosa –ahora es el Ministerio de Cultura–, incluyendo parlamentos dignos de cómics anticuados y personajes que parecen haberse escapado de un museo de cera. Los actores Nayib Salazar (Alfaro) y Eduardo Espinosa (Manuel de J. Calle) hacen titánicos esfuerzos para humanizar sus roles, pero el resultado es grotesco y frustrante. Tampoco Don Eloy vive aquí.

 

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