Este antiguo gobernante romano representa el poderío de un imperio que dominó el mundo por varios siglos.
Tramo del Muro de Adriano, en lo que hoy es el norte de Inglaterra.
Los restos de la Villa Adriana en las afueras de la actual Roma.
Marguerite Yourcenar
Este antiguo gobernante romano representa el poderío de un imperio que dominó el mundo por varios siglos. La Roma de este estadista aún sobrevive en los vestigios de los monumentos que le entregó a la humanidad, pero su mayor herencia reposa en su carácter humanista capaz de dejar enseñanzas valiosas a las generaciones de hoy.
El mundo contemporáneo reconoce a Roma como la capital de Italia, ciudad próspera sembrada de monumentos históricos que sorprenden al turista en pleno ombligo de la península itálica, en el centro sur de Europa.
Pero durante buena parte de la Edad Antigua, Roma era prácticamente toda Europa y parte de Asia y África. Así ocurrió en tiempos del Imperio romano, que comenzó su avance en el año 396 a.C. con la conquista de la ciudad de Veyes (península itálica) y para muchos expertos finalizó en el año 476, cuando un jefe bárbaro germano destituyó a Rómulo Augusto, un joven de 15 años que fue el último emperador romano de Occidente (Hispania, Italia, Galia, Britania, el Magreb y las costas de Libia).
Sin embargo, el Imperio romano de Oriente (Balcanes, Anatolia, Oriente Próximo y Egipto), con capital en Constantinopla (actual Estambul), sobrevivió hasta 1453, cuando el emperador Justiniano fue derrotado por el Imperio otomano, hoy Turquía.
El gran unificador
Tales eran las mitades de un territorio fraccionado desde el año 395, pero que llegó a su máxima extensión durante el reinado de Trajano (98-117). Sin embargo, fue su sucesor, Adriano (117-138), quien se encargó de unificar esos dominios tan extensos que lucían ingobernables por un Senado enraizado en la capital y sin agilidad para tomar decisiones en ese Estado-continente de 6,5 millones de km2².
¿Cómo pudo gobernar tremendo territorio? Primero, detuvo el movimiento militar expansionista que había impuesto su antecesor, renunciando a Mesopotamia (Irak) por considerarla indefendible debido a la distancia que lo separaba de Oriente Próximo, y retiró las tropas de África.
Adriano se dedicó, más bien, a trazar unas fronteras estables que resultaran fáciles de defender de los invasores, lo cual cumplió poniendo en juego su propia seguridad y comodidad a través de innumerables viajes a los diversos puntos de su imperio, lo cual consideraba como su obligación como gobernante que deseaba acercarse a su pueblo.
Tal convicción lo mantuvo desplazándose casi la mitad de su reinado, llevando a cabo su primer gran recorrido entre los años 121 y 125, con el cual ayudó a definir los límites de su imperio y a emprender la construcción de imponentes fortificaciones para defenderlo en sus distintas fronteras.
La más famosa es el llamado Muro de Adriano, levantado en el centro-norte de la isla de Gran Bretaña entre los años 122 y 132 para defender el territorio britano sometido por Roma, ubicado al sur de la muralla, de las violentas tribus del territorio que hoy ocupa Escocia. La muralla, cuyo grosor es de 2,4 a 3 metros con una altura de entre 3,6 y 4,8 metros, tenía como segunda función mantener la estabilidad económica y crear condiciones de paz en la provincia romana de Britania al sur.
Aún subsisten tramos de ese muro de piedra de 117 kilómetros de extensión, los cuales suelen ser disfrutados por los turistas en visitas guiadas o en tours de bicicleta y senderismo que se convierten en un viaje de casi 2.000 años por la historia de Gran Bretaña y Roma.
Su villa favorita
El carácter del Adriano “arquitecto” se manifiesta en la llamada Villa Adriana, emplazada a menos de una hora por carretera de la actual ciudad de Roma, en Tibur ( hoy Tívoli). El emperador la construyó entre los años 118 y 134 como la más personal e íntima de sus obras. Según la Historia Augusta (colección de biografías de los emperadores), allí depositó los recuerdos de ciudades y paisajes que le habían impresionado en sus viajes, como la Stoa Poikile (Pórtico de las Pinturas) de Atenas y el Valle del Tempe, en Tesalia (Grecia).
La Villa Adriana, cuyos restos exhiben hoy la calidad de emperador-arquitecto, en ocasiones es comparada con el palacio de Versalles, cerca de París; sin embargo, la obra del emperador romano no es un palacio, sino un conjunto de edificios independientes y de ejes divergentes, situados en una pendiente llana, con un desnivel de algo más de 50 metros de uno a otro extremo. Entre ellos se intercalan pórticos, palacetes, teatros, bibliotecas, piscinas, jardines, unas 1.500 estatuas y demás ingredientes de las villas señoriales que evidenciaban su admiración por la cultura griega.
Cerca de la Villa Adriana inició en el año 135 la construcción de un gigantesco mausoleo familiar que luego se convertiría en una base militar y hoy se conoce como la base del castillo de Sant’Angelo, atracción turística a poca distancia de la Ciudad del Vaticano.
Revolución administrativa
El legado constructor de Adriano reposa en el Muro de Gran Bretaña, la Villa Adriana y el mausoleo, pero su herencia como emperador se exhibe en diversas iniciativas que ayudaron a forjar su territorio.
Como líder militar estableció intensas rutinas de adiestramiento para mantener alta la moral de los soldados e impedir el estallido de revueltas, ya que consideró a los militares como aliados políticos importantes. Su proximidad al ejército, visto como la base del poder romano, lo motivó a desplazarse a caballo y llevar la misma vida del soldado raso en las pocas campañas militares que emprendió.
Como estadista renovó el sistema burocrático del imperio. Para ello le encomendó al Consejo del Príncipe, constituido solo por jurisconsultos, la elaboración de una constitución que regiría en el pueblo. Tal designación significó ignorar el poder legislativo del Senado, considerado una especie de corporación de gobernantes casi competidora (a veces aliada) del emperador. También los menospreció cuando nombró técnicos para ocupar cargos antes reservados para los senadores.
Adriano trabajó fuertemente para afianzar el concepto de la ley en su territorio, por lo cual impuso el derecho romano a todos sus pueblos, pero siempre respetando su personalidad histórica y cultural. Es decir, protegía su identidad dentro del gran mosaico de culturas que componían Roma. Esa visión se empató con su tendencia a crear protectorados con cierta independencia administrativa.
Es famoso su amor por el joven griego Antínoo, cuya prematura muerte motivó al emperador a erigir templos y hasta le dedicó una ciudad, Antinoópolis.
Recibió muchas críticas por ese romance que resultaba una humillación para su esposa y prima lejana, Vibia Sabina, con quien no tuvo hijos. Sin embargo, los ataques a su nombre a menudo eran frenados cuando como estadista se imponía por acertadas decisiones, como prohibir los sacrificios humanos y que los amos matasen a los esclavos.
Adriano, de carácter difícil y orgulloso, falleció a los 62 años de una dolencia cardiaca, dejando como sucesor a Antonino Pío (M.P.).
Pequeña alma, blanda, errante
Huésped y amiga del cuerpo
¿Dónde morarás ahora
Pálida, rígida, desnuda
Incapaz de jugar como antes...?
Poema escrito presuntamente por Adriano en su lecho de muerte.
Fuentes: Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, Diccionario Enciclopédico Planeta; www.tesorillo.com, Wikipedia, Artehistoria jcyl.es, Mashpedia.es.
Novela Histórica
La brillante escritora francesa Marguerite Yourcenar (1903-1987) dedicó buena parte de su vida a escribir un retrato en primera persona del Emperador, llamado Memorias de Adriano (1951), cuya versión en español (1985) fue traducida por el mismísimo Julio Cortázar.En su mundialmente admirada obra, la escritora pone en labios del personaje: “No desprecio a los hombres. Si así fuera, no tendría ningún derecho, ninguna razón para tratar de gobernarlos. Los sé vanos, ignorantes, ávidos, inquietos, capaces de cualquier cosa para triunfar, para hacerse valer, incluso ante sus propios ojos, o, simplemente, para evitar sufrir. Lo sé: soy como ellos, al menos por momentos, o hubiera podido serlo”.
Se cree que Adriano escribió una autobiografía, pero no ha llegado a nuestros tiempos.



