Momento de la inauguración oficial del monumento a la Madre en Guayaquil, en mayo de 1948. La obra fue la precursora de sus similares en nuestro país.
Riobamba exalta a la madre.
Monumento en Ibarra.
Cuenca y su monumento a la madre.
Calceta, Manabí, rinde homenaje a la madre.
El de Guayaquil fue el pionero y en la actualidad casi todos los pueblos y ciudades del país poseen este testimonio de respeto al sagrado ser.
Desde antes de la segunda mitad del siglo pasado, tras generalizarse el festejo inspirado por la norteamericana Anna M. Jervis con su acto pionero en 1908 y la oficialización del festejo desde 1914 para el segundo domingo de mayo, en varias naciones americanas y europeas se puso mayor énfasis en las celebraciones anuales que exaltan el significado de la madre y la importancia de su rol para la supervivencia de la familia y la especie humana. Una de esas manifestaciones fue la de perpetuar en conjuntos escultóricos el permanente homenaje que debe profesarse a ella.
Nuestro país no fue la excepción y pronto se incorporó a ese tipo de solemnes y muy gratas rememoraciones. Así, en mayo de 1930, en Quito, se desarrollaron los primeros actos públicos para homenajear a las madres; en esta urbe, un comité de entusiastas ciudadanos que inicialmente se denominó Pro Monumento a la Madre y posteriormente Guayaquil, bajo el liderazgo de Ruperto Arteta Montes, inauguró oficialmente en mayo de 1948 un bello monumento –el primero del país– en Lorenzo de Garaycoa y Padre Solano. La obra fue ejecutada por el artista azuayo Francisco Salvador Jiménez Guillén, autor de otras hermosas esculturas y pinturas en iglesias y casas particulares de varias provincias.
El ejemplo del grupo guayaquileño, que no solo quedó en la erección del monumento en un parque público, sino que estableció la designación de una madre símbolo y ejemplar, proclamada en ceremonia abierta llena de solemnidad, fue secundado muy pronto por municipios e instituciones de servicio social, obreras, culturales, sociales, barriales, etcétera, que también erigieron estatuas, unas más bellas que otras, en sus respectivas circunscripciones territoriales, como una permanente y sincera lección del amor ciudadano a la autora de sus días.
Actualmente resulta grato observar los monumentos que los pueblos ecuatorianos han levantado en honor de la madre. En parroquias, cabeceras cantonales y ciudades capitales de provincias existen expresivos trabajos que los dirigentes encargaron confeccionar a talentosos artistas –hombres y mujeres–, quienes con originales formas de estilo clásico y moderno dan rotundidad al rol de la madre. Hay casos de ciudades como Guayaquil, donde además de su tradicional monumento de Garaycoa y Padre Solano, tiene otros que se yerguen en las ciudadelas Alborada, en el norte, y Nueve de Octubre, en el sur.
Sirvan estas líneas para tener la precaución de reparar en nuestros próximos viajes los monumentos dedicados a la madre por los pueblos hermanos de las distintas regiones de la patria. Aquello nos ayudará a confirmar que el pueblo ecuatoriano valora en sumo grado a la mujer que lo acunó en su seno y le brinda su transparente amor en todo instante de su vida. Asimismo, podremos constatar que el Ecuador es uno de los países con el mayor número de esculturas destinadas a homenajear de manera pública al ser merecedor de todos nuestros afectos y pleitesías: la madre.
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