Coco Chanel en una foto tomada en 1936. (AP)
Gabrielle Chanel creando y dirigiendo la casa de moda que introdujo cambios radicales en las tendencias femeninas.
La Mansión Chanel en el 31 de la calle Cambon. Allí se mantiene vigente el legado de la diseñadora parisina.
Diseño de Karl Lagerfeld presentado en Shanghai en diciembre del 2009.
Uno de los trazos de Gabrielle Chanel.
La mítica escalera desde donde Coco veía el pase de modelos en su casa ubicada en París.
Kar Lagerfeld continúa con la vigencia del estilo de Coco Chanel.
Con sus colecciones, Coco Chanel cambió radicalmente la apariencia de la mujer y sentó las bases de la moda moderna, al tiempo que cambiaba la mentalidad femenina. Creó la falda plisada corta, el traje de punto, el vestido camisero, el traje negro (símbolo desde entonces de la elegancia) e introdujo el pantalón en el vestuario femenino, algo insólito en la época. Asimismo diseñó el primer traje sastre, caracterizado por la chaqueta holgada. La modista francesa fue también una de las primeras diseñadoras que asoció costura y perfume, con su Chanel Nº 5.
Sus accesorios tradicionales incluyen collares de múltiples hilos de perlas, carteras en telas acolchadas con cadenas de oro, zapatos color marfil con las puntas negras.
Escritores y artistas como Igor Stravinski, Serge de Diaghilev, Picasso, Pierre Reverdy, Jean Cocteau, a quienes ayudó y con quienes mantuvo una estrecha amistad, la admiraban por su búsqueda incesante del rigor y el refinamiento.
Chanel Nº 1
Gabrielle Chanel, la segunda hija de un vendedor ambulante y de una muchacha que se ganaba la vida haciendo toda clase de oficios domésticos, nació en Saumur (centro oeste de Francia) el 19 de agosto de 1895. Los cinco hermanos sobrellevaron a duras penas sus años de infancia. Jeanne, la madre, asmática crónica, murió por exceso de trabajo y complicaciones bronquíticas cuando Gabrielle tenía 12 años.
En un primer momento, Albert, el padre, pensó en casarse con una viuda sin hijos para que le cuidara a los suyos, pero enseguida desechó esa idea. A la edad de 39 años podía seguir llevando su vida aventurera de feria en feria y no lo iban a detener los escrúpulos. La administración consideró a Alphonse, 10 años, y Lucien, 6 años, como “niños abandonados” y los puso bajo la tutela de familias de granjeros. A Julia, 13 años, Gabrielle y Antoinette, 8 años, el padre las llevó donde una tía de él, amiga de la madre superiora de una congregación que dirigía un orfanato en Obazine (centro sur de Francia).
Este universo fue impregnando poco a poco, sin que Gabrielle tuviera conciencia de ello, los múltiples aspectos de su personalidad futura, incluso su estética. Su gusto por el negro y blanco se atribuye al mundo que la rodeaba. No solo en el piso de mosaicos de la gran galería de los monjes se manifestaba este contraste bicolor, sino también en los hábitos de las religiosas y en los uniformes de las huérfanas.
Detrás de esos sólidos muros grises, la educación se circunscribía a mucho catecismo, un poco de historia, geografía y matemáticas. Y con miras al futuro, se iniciaba a las internas a la cocina y sobre todo a la costura. Se les enseñaba a bordar manteles, hacer hilvanes de toallas, zurcir sábanas y alargar o acortar faldas. Tres años después de esta vida monacal, la tía Louise, una hermana de Albert, y su marido vinieron a invitar a las tres hermanas a pasar las vacaciones en su casa. Con ella, Gabrielle aprendió el arte de crear sombreros a partir de formas de fieltro.
A los 17 años, dado que el orfanato únicamente seguía responsabilizándose de las internas destinadas al noviciado, Gabrielle ingresó en una institución religiosa que recogía jovencitas sin recursos y, terminada su escolaridad, les encontraba un trabajo. En este caso, Gabrielle entró como dependiente en una tienda especializada en ajuares y canastillas que vendía también enaguas, velos, pieles, boas y otros cuellos, sin contar el suministro para costureras.
Chanel Nº 2
Moulins (centro de Francia) era una ciudad de guarnición que acogía varios regimientos, entre ellos el décimo de caballería ligera. Los oficiales y suboficiales de este regimiento pertenecían a menudo a la aristocracia o a la rica burguesía. Gabrielle y su prima Adrienne empezaron a frecuentarlos y con ellos solían reunirse en los dos caf’-conc’ (café-concierto) de la pequeña ciudad.
Aburrida de su condición de vendedora y de una vida que la condenaba a coser a perpetuidad, a Gabrielle se le ocurrió, ya que había formado parte del coro estudiantil de la institución religiosa, convertirse en cantante de café-concierto. Aunque no tenía una gran voz, el público, prácticamente todo el cuerpo de oficiales de caballería en guarnición, la aclamaba en cada presentación. Su repertorio no era muy vasto: tres o cuatro canciones, entre ellas Ko Ko Ri Ko y Qui qu’a vu Coco dans l’Trocadéro? La similitud de sonoridades, Koko y Coco, llevó a sus admiradores a llamarla con esas dos sílabas, cuando pedían repetición.
A los oídos de sus patrones no tardó en llegar las noticias de su carrera nocturna y la despidieron. Gracias a que Adrienne y ella se defendían muy bien como costureras y sus precios resultaban moderados no les faltó clientela; sin embargo, Coco continuaba obstinada en convertirse en una gran estrella de revista musical u opereta. En ese empeño persistió cinco años. En aquella época, conoció a Etienne Balsan, oficial de caballería, descendiente de una familia adinerada, dueño de una lujosa propiedad, quien la inició al arte ecuestre, y encontrando en ella una encantadora camarada que, como él, amaba a los caballos, la invitó a instalarse en Royallieu. Durante su retiro campestre, Coco se dedicó a fabricar sus propios sombreros, y pronto, sin remuneración alguna, para las ricas amigas de su amante que, al no estar acostumbradas a la simplicidad depurada de su estilo, cubrieron enseguida los pequeños sombreros de paja con accesorios ridículos: rosas de muselina, plumas, jilgueros, nidos de pájaros repletos de huevos … Esos ridículos edificios se sostenían en la cabeza gracias a largos alfileres de cabeza.
Tras algunos meses de estancia en Royallieu, Coco empezó a aburrirse. Esa vida improductiva implicaba una dependencia total y no entrevía ninguna salida a la situación en la que ella misma se había metido. Se pasó un año llorando.
El día en que Etienne y su grupo de amigos debían participar en una caza de montería en Pau, ella los acompañó. En esta ciudad del sur francés conoció a Arthur Capel –un rico inglés llamado Boy por sus amigos–, de quien se enamoró inmediatamente.
Los sentimientos eran compartidos. Esto la decidió a hablar con Etienne y pedirle que la ayudara a instalarse en París, pues quería dedicarse a crear sus sombreros y comercializarlos. Etienne accedió y le facilitó su piso de soltero del 160 bulevar Malesherbes.
Chanel Nº 3
En la primavera de 1909, Coco se instaló en París y sus primeras clientes fueron sus antiguas conocidas de Royallieu. Al cabo de un año, Coco acudió a ver a Etienne para pedirle un préstamo, deseaba alquilar una tienda de lujo a su propio nombre.
Este se negó y fue Boy quien se encargó de abrir en el banco un crédito, gracias al cual alquiló un gran apartamento en el primer piso del 21 de la calle Cambon. Al lado de la puerta, una placa llevaba la inscripción Chanel Modes. Boy juzgaba lamentable que Coco solo se desenvolviera en un círculo mundano y, por ello, le abrió las puertas del medio artístico. En 1912 llegó la consagración: el periódico Les Modes publicó en páginas enteras fotos de renombradas artistas portando sus sombreros.
Al año siguiente, Boy le regaló una tienda de moda en Deauville, convencido de que el público ‘snob’ que frecuentaba la estación balnearia se mostraría más inclinado hacia la simplicidad de su estilo. La joven modista, junto a sus sombreros, comenzó a proponer algunos accesorios discretos, inspirados en los uniformes de los marineros o la ropa de trabajo.
El estilo Coco Chanel surgió durante la Primera Guerra Mundial. Tras la partida de millones de hombres a los frentes, las mujeres adquirieron independencia al tener que llevar una vida activa. La mentalidad de las mujeres se estaba cambiando y Coco las ayudaba con la liberación de su cuerpo. Dejaban de ser esclavas del corsé y de los vestidos pomposos que las inmovilizaban para usar trajes que mostraban la suavidad del movimiento femenino. Con prendas deportivas, vestidos de talle más abajo de la cintura, faldas con el largo debajo de la rodilla que descubrían las piernas, chaquetas bicolores sin cuello y suéteres flojos las mujeres entraban en el siglo XX.
Chanel Nº 4
En las postrimerías de la guerra, Coco se mudó al 31 de la calle Cambon, que hasta la actualidad es el santuario de la Casa Chanel. El 22 de diciembre de 1919 murió Boy en un accidente automovilístico, el único hombre que Coco amó en su larga vida. En 1920, mientras gozaba de vacaciones en Biarritz, conoció al Gran duque de Rusia, Dimitry Pavlovich, primo del zar, con quien mantuvo relaciones amorosas durante un año. En una de sus escapadas, el ruso le presentó a un compatriota emigrado, el químico Ernest Beaux, versado en perfumes, que en aquella época estaba experimentando nuevas fragancias.
Este, a petición de Coco, le propuso tiempo después dos series de muestras numeradas de 1 a 5 y de 20 a 24. Ella escogió la 5 y la 22, la primera para lanzarla enseguida con la presentación de su próxima colección, el 5 de mayo de 1921; la segunda en ponerla en venta algunos meses más tarde.
Chanel Nº 5 era un perfume revolucionario que no evocaba la fragancia conocida de una flor o una mezcla identificable de flores. Se trataba de una pura creación que parecía haber salido de la nada y cuya seducción se volvía más profunda, cuando menos se conocía la fuente de su fragancia.
Su presentación, asimismo, resultó revolucionaria. Hasta aquel momento los fabricantes creaban frascos de fantasía, de formas extremadamente variadas, sobrecargados de ornamentos.
Al contrario, Coco imponía un simple frasco con forma de paralelepípedo, que dejaba traslucir el líquido áureo que contenía.
Su gusto por la simplicidad se hizo patente del mismo modo en el nombre que le atribuyó: Chanel Nº 5 –a sus predecesores les encantaban los nombre seudopoéticos: Sonrisa de abril, Embriaguez de una noche, Deseo principesco…– y en la concepción de la etiqueta: un rectángulo blanco del cual sobresalía el patronímico CHANEL en letras negras.
Chanel Nº 5
En 1924, Coco conoció al Duque de Westminster y esta relación duró unos cinco años. Naturalmente nunca vivieron juntos. El duque la invitaba a Eaton Hall, una inmensa construcción que databa de 1802 y ella, a su villa La Pausa, cerca del Principado del Mónaco.
Hacia 1930 comenzó una relación con Paul Iribe, diseñador y decorador francés, considerado como el precursor del ‘art déco’, quien murió en 1938 de una crisis cardiaca en La Pausa, ante los ojos de su amante.
A finales de ese mismo año, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, Coco tomó la decisión de cerrar sus talleres de costura, lo cual dejó 2.500 desempleadas.
Durante el otoño de 1940, en pleno conflicto armado, Coco, que había caído en un semiolvido, comenzó una relación amorosa, que duraría diez años, con Hans Gunther von Dincklage, diplomático de la Embajada alemana, ‘play-boy’ mundano, que no brillaba por el ardor de sus convicciones nazis.
Al terminar la guerra, estos amores le valieron su arresto por un “comité de depuración”. Envejecida, cansada de todo, y al borde de la depresión, Coco se exilió en Suiza.
La decisión de reabrir su casa de moda se debió al menosprecio que le causaba la nueva generación de modistos. En su opinión, esos hombres habían olvidado que había mujeres al interior de los vestidos y, en lugar de vestirlas, las volvían a disfrazar con todos los aparatos –fajas, varillas, corsés– que habían sido abandonados en los años veinte. ¿A quién podría gustarle –se preguntaba– aquellas damas en brocado que al sentarse parecían viejos sillones de Luis XIV?
En 1954 presentó una de sus colecciones más esperadas, que Francia recibió con escepticismo y Estados Unidos con gran entusiasmo. Su famoso traje de chaqueta acababa de ser lanzado al mundo.
Multimillonaria y sola, la Gran mademoiselle murió en sus habitaciones del hotel Ritz a los 88 años, un domingo de enero de 1971.
Gracias al excelente trabajo de Kar Lagerfeld, el estilo de Coco sigue vigente en la actualidad.
Nadie como CHANEL para abrir ventanas a lo nuevo. Aunque sus creaciones eran polémicas, nada la detenía. “Nuestra vida no significa mucho”, decía, “lo que importa es la vida que soñamos. Esa es la verdadera, porque seguirá después de la muerte”.
“Ahora las jóvenes se visten bien de payaso, bien de niñitas. Están equivocadas. A los hombres no les gustan las niñitas de 10 años y aquellos que las aman terminan por estrangularlas”.
Fotos: AFP, EFE
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