El poeta siente una particular admiración por la iglesia de la Compañía.
En Quito “me renuevo, en el Centro Histórico recojo versos regados en cada uno de sus vericuetos. Ver las fachadas de las antiguas casas es mirar más allá, es como adivinar la presencia de almas que nunca pudieron desprenderse de la noche quiteña, de la ciudad franciscana que parece hablarme desde su más profundo pasado”, señala el poeta Carlos Luis Ortiz, quien en diciembre logró el Premio Único en el II Festival de Poesía Joven Ileana Espinel Cedeño, organizado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas y el grupo cultural Buseta de papel.
Ortiz, quien nació en Alausí (Chimborazo) pero reside en Guayaquil, se considera un profundo admirador del Centro Histórico capitalino, por ello “volver a Quito siempre es gratificante, conversar con el silencio que la noche deja sobre la calle García Moreno, a la altura de la Iglesia de la Compañía, no es solamente retroceder en el tiempo, sino reencontrarse con uno mismo”, agrega el poeta, quien en el 2005 logró la única mención en el concurso nacional de poesía Jorge Enrique Adoum, con el libro Zigzag del solitario.
El escritor confiesa que admira particularmente el estilo barroco de la Iglesia de la Compañía, construida por los jesuitas en los siglos XVII y XVIII; “me imagino a un Bernardo de Legarda saliendo y entrando de ella, diseñando los altares, atónito en sus esculturas perdurables”, indica sobre ese templo que resulta uno de los tesoros de esa zona de Quito. “La mitad de mi ser siempre se queda en esa ciudad del centro del mundo, por donde camino, incluso cuando no estoy presente”.
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