María Felix modelando las joyas que encargó a Cartier en 1975.
Foto para la revista Life en junio de 1960. Fotógrafo: Allan Grant
Imperdonable. Esta gran actriz se nos escapó en nuestra pasada edición dedicada a las divas de las artes. Aquí está la página que nos faltó.
Ninguna figura como la de María Félix pudo convertirse en el símbolo del cine de su país (México) y de la sociedad latinoamericana que la veneraba como La Doña, especialmente en los años cuarenta y cincuenta. La Doña era llamada así por su rol protagónico en Doña Bárbara (1943), hipnotizando con su fulminante mirada al propio autor de la novela, el venezolano Rómulo Gallegos, que exclamó: “¡Es ella! ¡Es mi Doña Bárbara!” cuando se la iban a presentar en un restaurante. Un movimiento de cejas en el rostro de esta mujer implicaba amores irreparables y silencios letales.
Con una personalidad irresistible que nada tenía que ver con los roles tradicionales de las mujeres de su época, esa película la transformó en un ícono que resplandeció en algunos clásicos del cine de oro mexicano, especialmente la trilogía dirigida por su amigo Emilio Indio Fernández: Enamorada (1946), Río Escondido (1947) y Maclovia (1948).
Así también iluminó la vida del célebre Agustín Lara –su segundo marido– de quien fue la musa en María Bonita, una de sus canciones más famosas. Como otras divas de Hollywood, María era su propia creación, porque los guionistas escribían películas a su medida, en una carrera de más de 45 filmes que la llevó a trabajar en España, Italia y finalmente en Francia, de la mano del gran realizador Jean Renoir en la inolvidable CanCan (1955). Hay cientos de leyendas de La Doña, pero recordemos esta perla. Abordada por el director Fernando Palacios –frente a un escaparate en el Centro Histórico de México D.F.–, la pregunta fue si le interesaría hacer cine. “¿Quién le dijo que yo quiero entrar al cine?”, fue la respuesta inmediata. “Si me da la gana, lo haré, pero cuando yo quiera, y será por la puerta grande”.
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