Mamparas de washi en la exhibición ‘Soft screens’ (Tokio, 1998).
Columnas de cristal cubiertas de washi en el aeropuerto Narita, de la ciudad japonesa de Chiba.
El “Tatewaku”, signo de buen augurio según la tradición nipona, inspira este motivo que representa la energía del universo que se eleva.
Diez personas y un mes de trabajo requirió este mural de 11 metros de largo por 2 metros de alto en el edificio Alkas Sasebo, en Nagasaki.
Eriko Horiki
En su primera visita al “taller cubierto de nieve, lo que más me impresionó fue la devoción con la que los artesanos se dedicaban a su obra. Con las manos moradas por la baja temperatura, trabajaban en la fría corriente intentando limpiar las fibras de tierra e insectos. Pacientemente las sumergían una y otra vez en el agua helada donde el washi empezaba a tomar forma. Observando su trabajo me quedé sin respiración y me dejé cautivar por esta tradición cultural japonesa”.
Con tales palabras la arquitecta Eriko Horiki inicia el texto de su libro El washi en la arquitectura, para transmitir su encuentro con un arte ancestral de su natal Japón: la elaboración de este tipo de papel maleable, transluciente, absorbente y delicado hecho con fibras de plantas especiales, lo cual provoca que sea mucho más fuerte que el papel elaborado con pulpa de madera.
Su interés por introducir el washi en la arquitectura y el diseño de interiores la volcó a experimentar con la luz y la sombra. Así la arquitecta, diseñadora y artesana, como ella se define, descubre una nueva identidad de este papel que los antiguos japoneses usaban para elaborar juguetes, lámparas, ropa, abanicos y figuras de origami (papel plegado).
Horiki ha hecho que el papel japonés tradicional diera un paso gigante, según sus colegas. Profundamente consciente de las cualidades del washi, ella ha sido capaz de desarrollar un concepto estético que afianza puentes entre la tradición oriental y el diseño de Occidente. Para ello la luz (natural o artificial) y su contraparte (la oscuridad) se han convertido en elementos genuinamente físicos, espirituales y artísticos que introducen en los espacios la sensación de visiones e ilusiones.
Esta singular característica del trabajo de Horiki, que ha dominado tanto exposiciones artísticas como espacios de tránsito masivo, retoma el respeto de la sociedad nipona hacia ese material. Basta decir que en japonés las palabras “papel” y “dios” tienen la misma pronunciación: kami. Aunque sus caracteres chinos son distintos, tal coincidencia refuerza el carácter divino de un material que hoy revive como sinónimo de la belleza y la tradición oriental.
Fuente, fotos y diseños: El washi en la arquitectura (2006), Eriko Horiki, www.eriko-horiki.com
Procedimiento
La arquitecta Eriko Koriki (foto) se involucra en la elaboración del washi en sus trabajos. Ella destaca que el agua pura y la baja temperatura son vitales en la preparación. La materia prima se extrae, principalmente, del interior de las cortezas de tres arbustos: kozo (elemento masculino, grueso y resistente), ganpi (elemento noble, rico y duradero) y mitsumata (elemento femenino, suave y delicado).
Las ramas se remojan para extraer la corteza, la cual se remoja nuevamente para separar la capa interior, que se hierve en una solución alcalina para extraer el almidón y el aceite. Luego la fibra se enjuaga en agua fría para quitarle las impurezas. Para que las fibras se suelten y separen, el material blanco que quede se sacude y se pone en tinas llenas de agua con una pasta vegetal. La pasta resultante se hace homogénea y se extiende sobre un cedazo montado en un marco de madera. Allí las fibras se mezclan hasta formar el washi.
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