El Dr. Marc Agronin, (der.) psiquiatra geriátrico y director del Miami Jewish Health Systems, conversa con Edward Newman, uno de sus pacientes.
Muriel Cohen, 91 años, ella es miembro de Las Viudas Alegres.
Dr. Marc Agronin empuja la silla de Pauline Mickler, en el hospital geriátrico de Miami.
En Florida, un especialista se concentra en un área muy importante en el tratamiento de los males de la tercera edad: la salud mental de sus pacientes.
Las Viudas Alegres, como se autodenominan, estaban ostentosamente ataviadas, al estilo Florida, para celebrar el cumpleaños 79 de Elayne Weisburd en una comunidad extendida para personas mayores. Globos levitaban sobre la mesa y centelleaban las luces de bengala en el pastel. La invitada de honor y sus dos amigas estaban radiantes cuando el doctor Marc E. Agronin, un gerontopsiquiatra y director de salud mental, llegó abrazando a todas, mucho después de lo que sería el horario normal de trabajo.
Las Viudas Alegres se mudaron a la comunidad cuando avanzó la enfermedad de Alzheimer de sus maridos y buscaron a Agronin para que las preparara para lo que les esperaba. Sin embargo, mientras trataba el mal de los maridos, también se convirtió en su psiquiatra. Exhortó a las mujeres a asistir a grupos de terapia, hizo sugerencias sobre medicamentos contra la ansiedad y fomentó nuevos vínculos de amistad.
Agronin las llama sus graduadas, un trío de historias exitosas entre 3.700 pacientes que son su responsabilidad en lo que, a decir de todos, es el consultorio de gerontopsiquiatría más grande de EE.UU., en la institución médica Miami Jewish Health Systems.
El doctor es una especie extraña incluso en Florida, que tiene la proporción más alta de personas mayores de 65 años. Solo hay 17 gerontopsiquiatras acreditados en el estado y apenas 6 aquí, en el sureste de Florida, adonde llegan a menudo a posarse los residentes de temporada neoyorquinos. En marzo, reconociendo la crisis en la atención, el Instituto de Medicina federal inició un estudio sobre la escasez de trabajadores en salud mental geriátrica en el ámbito nacional.
Más profesionales de la ‘mente’
Agronin, de 45 años, es insólito no solo por su especialidad, sino porque es parte del personal asalariado inmerso en el tejido de la vida de pacientes y cuidadores. Los residentes en la mayoría de las instituciones para ancianos deben esperar a los profesionales de la salud mental en constante cambio, que están disponibles – incluso para una receta– solo uno o dos días a la semana o para una urgencia.
Ahora, un creciente número de expertos solicita la integración de profesionales de la salud mental en todos los niveles de las comunidades para la población en aumento de estadounidenses que envejecen, desde las casas de reposo hasta los centros de vida asistida.
El doctor Gary Kennedy, el director de Gerontopsiquiatría del Centro Médico Montefiore en el Bronx, afirma que la atención psicológica es “igualmente importante, si no es que más” que la atención médica para este grupo. “La política sanitaria sigue rezagada respecto de la realidad de que estas ahora son instalaciones de salud mental”, dijo Kennedy sobre las comunidades para los ancianos.
Mientras que la enfermedad de Alzheimer recibe la mayor parte de la atención pública, la depresión, la ansiedad y los trastornos del sueño comunes también acompañan a la vejez. Particularmente para la depresión en la edad avanzada, Agronin señala los datos recopilados por el departamento de Psiquiatría de la Universidad de California, San Francisco, que sustentan a la terapia conductual y de grupo, un tratamiento aplicado pocas veces a pacientes de generaciones típicamente consideradas adversas a hablar de esos problemas.
Sin embargo, el tratamiento que se centra en hablar más que en procedimientos médicos tiene una proporción más baja de reembolsos de Medicare. Las dificultades económicas pueden explicar el porqué no han ingresado más médicos en el campo que requiere de mucho tiempo.
“Acercarse a lo que yo hago apenas si es económicamente viable”, señaló Agronin, el autor de Cómo envejecemos. “Los cuidadores también necesitan valoración y servicios, y no es tiempo reembolsable”.
Para Agronin, y para el trabajador social y el psicólogo que trabajan con él, no existe tal cosa como la facturación de una hora de 50 minutos. Más bien, un día cualquiera, su trabajo a menudo se hace ad hoc a medida que deambula por los corredores, comedores y jardines. Relaja los límites establecidos por la mayoría de las corrientes psiquiátricas, que desalientan a los clínicos a hacerse amigos de los pacientes. Aquí, el personal es físicamente afectivo e, incluso, es posible que den a los pacientes el número de su teléfono celular personal.
Testimonios
“Salva vidas”, dijo Weisburd mientras Agronin ayudaba a apagar las velas del pastel. “Te ayuda a bajar la montaña”.
La montaña es la vejez, con su deterioro físico y cognitivo, su pérdida constante de seres queridos y su final inevitable. Agronin dice que su misión es restaurar la dignidad y la esperanza en las personas que crecieron en una época en la que los problemas mentales se estigmatizaban a menudo.
Unos 700 de sus pacientes viven en las instalaciones principales de Miami Jewish Health Systems, en departamentos independientes o de vida asistida, una casa de reposo o en la Unidad de Alzheimer. El resto va a su consultorio y se lo atiende mediante los programas comunitarios del sistema en todo el sur de Florida.
Agronin y otros geriatras encuentran que la terapia conductual (cambiar la forma de pensar y resolver problemas actuales) funciona mejor que el análisis (escarbar el pasado). Y Agronin, quien ha escrito sobre algunos de sus casos para la sección Science de The New York Times, dijo que confía en la terapia de grupo porque es frecuente que los pacientes se beneficien del conocimiento de sus pares.
Es el caso de Francoise Dorville, un inmigrante haitiano de 78 años, quien anda en silla de ruedas, está en diálisis y usa oxígeno. A Dorville, un viudo, separado de sus cuatro hijos vivos, se lo estabilizó con medicinas para la depresión, y después estuvo de acuerdo –con renuencia– en participar en un grupo.
Aunque en el primer mes no estableció contacto visual con nadie del grupo, Dorville sí se presentó a las sesiones diarias de dos horas. Al final, el grupo lo persuadió para contactar a sus hijos cuando hablaron de la idea en su antiguo país de que ser un buen padre significa proveer alimento y techo, y poco más.
Dorville dijo a sus hijos que le daría gusto tener la oportunidad de ser un padre más cariñoso. Ahora, lo visitan con regularidad; un hijo le lleva la cena semanalmente, y una nuera le hizo un álbum de fotos de la familia. Dorville se describe como “un hombre feliz”.
Nueva terapia
Según Agronin, las personas mayores no son miserables por definición. “Tenemos que ser muy cuidadosos con las suposiciones que hacemos”, expresó, “y no proyectar nuestros propios temores al envejecimiento. Su vida puede ser muchísimo mejor de lo que imaginamos”.
Las Viudas Alegres –Elayne Weisburd, Muriel Cohen, de 91 años, y Sandra Sachs, de 78– llegaron hasta aquí por una ruta común: de las casas junto a los campos de golf. Esposas y madres por más de 50 años, llegaron con los esposos, pero se quedaron a su muerte.
“Es como estar en un crucero”, dijo Weisburd. “No tienes que cambiar las sábanas, y siempre hay algo que hacer”.
Agronin las ve a diario mientras se apresuran entre las clases de tejido y las conferencias sobre acontecimientos actuales. Hace poco entró en la biblioteca donde platicaban. De la nada, la generalmente optimista Weisburd perdió la compostura. Recién habían muerto dos de sus frecuentes compañeras en la cena, le dijo, soltando un torrente de lágrimas. Cohen agregó: “Lloré tan amargamente; más que por mi esposo”.
Sachs preguntó: “¿Por qué mandan autobuses de psicólogos a una preparatoria cada vez que hay una tragedia”, pero aquí, donde la muerte es constante, “solo hay un breve servicio funerario y galletas?”.
Agronin habló con ellas sobre el dolor acumulado, de cómo una muerte reabre otras, de cómo se habían mantenido tranquilas por el bien de su familia. Dijo que el dolor es parte de la condición humana y no un problema psiquiátrico.
“Están haciendo exactamente lo que deberían estar haciendo: hablando con otras personas”, las tranquilizó. “Pero quizá necesitamos hacerlo en forma más deliberada”.
Entonces nació un nuevo grupo de terapia.
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