futbol ecuador

Emigrante perpetuo

lima1210210

El escritor Jorge Mario Pedro Vargas Llosa nació un domingo 28 de marzo de 1936 en la ciudad de Arequipa (Perú).

lima2210210

La Plaza de Armas está ubicada en el centro histórico de Lima, a su alrededor se encuentran edificios públicos y religiosos de esa ciudad.

lima3210210

Miraflores es un distrito importante de Lima por su gran movimiento comercial, cultural y turístico.

lima4210210

San Isidro  es el distrito que representa la cara moderna de Lima. Es el centro empresarial y financiero de esa ciudad.

lima5210210

Mario Vargas Llosa en su casa ubicada en Barranco, Lima.


El autor de La fiesta del Chivo quiso ser presidente y cuando no pudo, dio el cambio de domicilio y aceptó la nacionalidad española. Aquí, el relato de un compatriota que vio cómo Lima se reconcilió con su hijo pródigo.

Coliseo, un local con capacidad para cinco mil personas. En el 2000, Mario Vargas Llosa presentó en la Universidad de Lima su novela La fiesta del Chivo. La presentación no se realizó en un auditorio sino en el que se utilizaba principalmente para grandes conciertos y eventos deportivos, y que esa noche estaba abarrotado.

Las colas para entrar daban la vuelta entera al recinto, los acomodadores sufrían para contener a la multitud, y el campo deportivo estaba cubierto de butacas. En el momento en el que Vargas Llosa entró, se extendió una oleada de euforia entre los asistentes que le regalaron una ovación cerrada, interminable.

La algarabía recordaba a otras apariciones públicas del escritor, pero todas ellas habían quedado atrás; para ser exactos, diez años atrás. Durante la campaña electoral de 1990, la ciudad había caído rendida a sus pies. Cuando él amenazó con abandonar la carrera, las paredes de Miraflores amanecieron con carteles que suplicaban ¡Mario, vuelve! Por las calles de ese barrio, los transeúntes circulaban llevando diademas con los colores de su partido.

Y sin embargo, su derrota en los comicios fue también una ruptura con Lima y con el Perú. Después de perder en la segunda vuelta, Vargas Llosa abandonó la ciudad entre gallos y medianoche.

En 1992, tras la caída del líder terrorista Abimael Guzmán, lamentó desde sus artículos que su captura legitimase el régimen autoritario de Alberto Fujimori, lo que aumentó su impopularidad. Años después, abrazó públicamente la nacionalidad española aduciendo que el gobierno quería retirarle el pasaporte peruano, lo que marcó el peor momento de su imagen pública en todo el país. Pero más adelante, en efecto, el gobierno retiró ciudadanías y su autoritarismo fue cada vez más clamoroso.

En la noche apoteósica de la Universidad de Lima, ya había periodistas perseguidos y se preveía un fraude electoral para mantener a Fujimori en el poder a cualquier precio. En una década, Vargas Llosa había sido legitimado por la historia.

Incluso sus más pesimistas pronósticos se habían vuelto realidad. Incluso una novela como La fiesta del Chivo, situada en la República Dominicana de medio siglo antes, describía con precisión lo que estaba ocurriendo en el país.

El descomunal aplauso que lo recibió en el Coliseo sellaba el regreso triunfal del hijo pródigo a la ciudad que primero lo había adorado, luego lo había rechazado y finalmente reconocía mansamente su error. Le decía: “Todo está olvidado” y le pedía perdón.

El orden
Lima ha colmado a Vargas Llosa de amor y odio y el escritor le ha correspondido huyendo de ella. Mientras García Márquez es residente habitual de Macondo y Onetti lo fue de Santa María, Vargas Llosa es un emigrante perpetuo. Sus personajes viajan de Brasil a África, de Iquitos a Tokio, de Londres a Tahití. Y sin embargo, desde su primera novela, el novelista ancló en la capital peruana el eje fundamental de su narrativa: el conflicto entre civilización y barbarie. Y la civilización, para él, siempre tuvo un nombre y un lugar: Miraflores.

El poeta de La ciudad y los perros, el Zavalita de Conversación en La Catedral, el Vargas Llosa enamorado de La tía Julia viven todos en el mismo barrio, entre las calles Diego Ferré y Ocharán, entre la avenida Pardo y la bajada Balta, en un apacible paisaje burgués que sigue ahí, más de cuarenta años después, en la nostálgica Travesuras de la niña mala. En todas esas novelas, los habitantes de Miraflores son blancos y tienen carros, jardines y futuros. Los chicos y las chicas se descubren tímidamente en las heladerías y si llegan a acostarse juntos, es posible, aunque no obligatorio, que se casen.

Hoy en día, el distrito sigue encarnando el sueño de la modernidad liberal. Su parte del acantilado frente al mar es la única que hace honor al nombre de la costa verde. El otrora parque Salazar hoy es Larcomar, un centro comercial con vista al Pacífico. Y justo al frente, en lo que alguna vez fueron casonas de dos pisos para familias de clase media, hoy se eleva el gigantesco hotel Marriott. Desde las ventanas del hotel se aprecia cómo las viejas casitas del barrio van dejando su lugar a los edificios donde residen profesionales, intelectuales y políticos.

En los barrios más pobres de la ciudad, miraflorino es un insulto, una manera despectiva de decir ricachón. Pero los pobladores del distrito no son los más adinerados de la capital. Los ricos de verdad viven en barrios en los que no hay veredas para caminar y hace falta identificarse para entrar. Los miraflorinos son solo los más visibles, los que van a los cafés, teatros y librerías.

En las novelas de Vargas Llosa, Miraflores es un útero reposado del que salen los personajes para enfrentarse a la crueldad y barbarie del mundo. Y el mundo es cualquier lugar donde se encuentren peruanos de toda clase, raza y condición. Porque cuando se encuentran, solo puede haber violencia.

El caos
Desde Miraflores, uno puede enfilar por la Costanera, la autovía que bordea el mar ceniza de la ciudad. En días claros, el agua allá abajo parece una gigantesca mancha de aceite. En días normales se confunde con el gris del cielo, un color que los limeños llaman panza de burro y que se desploma sobre sus cabezas durante la mayor parte de la jornada. En Lima, si el cielo es el límite, el límite está demasiado cerca.

Del otro extremo de la carretera, en la provincia del Callao, está la barbarie, que en la primera novela de Mario Vargas Llosa recibe el nombre de Escuela Militar Leoncio Prado. Es ahí donde los cadetes se tiran a las gallinas. Es ahí cerca, en el barrio de Bellavista, donde merodeaba El Jaguar –de La ciudad y los perros– fustigando con la mirada a quien se cruzase. Y es por esas callejuelas por las que salían los cadetes a buscar prostitutas.

El contraste entre Miraflores y la escuela Leoncio Prado grafica la traumática adolescencia limeña de Mario. Su padre, a quien creía muerto, apareció un día en su vida para arrancarlo de su pacífica existencia provinciana y llevarlo a la capital. Allí lo envió a hacerse hombre en el colegio militar.

Para el joven Vargas Llosa, y luego para el escritor, la barbarie quedaría identificada con el autoritarismo, pero también con el choque entre los diversos estratos sociales.

En Conversación en La Catedral, el caos se desplaza unos kilómetros más al sur, al centro de Lima, un territorio clave del planeta Vargas Llosa que el ensayista Alberto Vergara describe: “Todos los personajes abandonan su lugar de origen para convivir ahí. Ahí se encuentran los migrantes, el periodista atontado y el avezado, las putas de arriba y las baratas, el político respetado y el milico abusador. La ciudad deja de ser una suma de islas, el archipiélago se transforma en continente”. Uno violento y desenfrenado.

Con el paso de las décadas, ese centro de Lima –el Jirón de la Unión, la Plaza Francia, la Plaza San Martín, el club Negro Negro– se ha convertido en el centro turístico de la capital. Sus fachadas han sido remozadas, sus jardines regados y a sus veredas se ha sumado una nueva estirpe: la de los extranjeros rubios con camisas de flores. Se trata de un clan tan importante que incluso hay un cuerpo policial especialmente dedicado a su seguridad, es decir, a mantener a raya a todos los demás. Si el protagonista de Conversación en La Catedral volviese a formular su pregunta emblemática: “¿Cuándo se jodió el Perú?”, la respuesta llegaría en inglés.

Pero la Lima de Zavalita aún existe. Agazapado más allá del río Rímac y las avenidas Abancay, Emancipación y Tacna, el caos urbano muerde las orillas de la ciudadela colonial. Las manifestaciones políticas siguen irrumpiendo en el recinto histórico para poner una caries en la sonrisa diseñada por el Ministerio de Turismo. Y desde la Plaza de Armas se distinguen las fachadas del barrio popular del cerro, como un recordatorio del viejo país que aún late bajo la espesa capa de maquillaje.

Publicada en 1977, La tía Julia y el escribidor repite la oposición entre el orden miraflorino y el caos del centro. Además, en esta novela, el personaje de Pedro Camacho traza una clasificación de la ciudad con tachuelas e iniciales en un mapa pegado en la pared. San Isidro, el barrio vecino a Miraflores, tiene la categoría AA: Alto Abolengo, Aristocracia Afortunada. La zona de clase media de Jesús María recibe las iniciales MPA: Mesocracia Profesionales Amas de Casa. Conforme el mapa se desplaza por las zonas marginales, aparecen barrios como La Victoria (Vagos Maricones Maleantes Hetairas) y Cercado (Fámulas Operarios Labradores Indios). Finalmente, en el extremo del Callao, la etiqueta indica Marineros Pescadores Zambos.

Todas esas variantes de la humanidad conviven o malviven en la capital peruana. A veces se confunden, a veces se estrellan. A veces adoran a Mario Vargas Llosa, como aquella vez en el Coliseo de la Universidad de Lima. Y a veces lo odian. Pero todos, aplaudiendo desde la platea o emborrachándose en un viejo bar colonial, comprando helados o sexo, habitan en un mundo que él inventó y del que él también es prisionero, donde los límites entre civilización y barbarie se difuminan en la espesa niebla.

Quién es Santiago Roncagliolo
Nació en Lima, Perú, en 1975. Narrador, ha trabajado como guionista de televisión, periodista, traductor, escritor fantasma y redactor de discursos políticos. En el 2002 publicó su primera novela, El príncipe de los caimanes, y un año más tarde, los cuentos Crecer es un oficio triste. Su novela Pudor (2005) ha sido traducida a numerosos idiomas. A esta le siguió Abril rojo, con la que se convirtió en el narrador más joven en obtener el Premio Alfaguara de Novela en el 2006. Autor de los libros infantiles Rugor, el dragón enamorado (1999), La guerra de Mostark (2000) y Matías y los imposibles (2006). Y el más reciente libro Memorias de una dama (2009).

Comentarios (0)Add Comment

Escribir comentario

busy
 
Especial: Cocina
La Revista en Twitter

Columnistas


Noticias Más Leídas

Últimos Comentarios

Mal olor en las axilas
tengo a mi niña de 8 añitos y tiene mal olor en la axilas ya he hecho todo x quitarle ese mal olor con cremas le he llevado al dermatologo y...
Crecimiento de vellos
la mejor dra de bacteriologia.... q nos da consejo sanos y buenos... siga asi dra leonor torresano!! smiley...
Visiones artísticas y filantropía
maravillosa obra. Dios los bendiga y este esfuerzo sea valorado por los ecuatorianos,para mejores generaciones futuras....