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Ese tono de poetizar

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El escritor uruguayo Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia nació en Paso de los Toros en 1920 y falleció en Montevideo en mayo del 2009.

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La Plaza Independencia se ubica en Montevideo, justo en el límite entre la Ciudad Vieja y la zona del centro. Al costado derecho se ve el edificio conocido como el Palacio Salvo.

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El Teatro Solís es el principal escenario artístico de Montevideo. Su nombre proviene de Juan Díaz de Solís, descubridor del Río de la Plata.

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Benedetti  en el bar de la esquina de su casa en Montevideo.


Allí reside, para un músico y escritor, el secreto de la escritura de su compatriota. Memorias de ese hablar llano que conmovió a toda su generación y un par de anécdotas que pintan a Benedetti de cuerpo entero.

En el 2006 fui a tocar a un teatro de la ciudad de Lima y tuve la satisfacción de saber que entre el público se hallaba Fernando Arias, organizador del festival denominado Cicla, que congregaba a numerosos artistas de toda Latinoamérica y se había realizado en 1987 y 1988, durante el primer gobierno de Alan García (entre tantas cosas que pasaron ahí, me acuerdo de que el ómnibus que nos llevaba a algunos a tocar a un lugar por las afueras de Lima tuvo que dar media vuelta, porque los accesos estaban interrumpidos por barricadas, y Facundo Cabral dijo: “Vámonos porque estos tienen un panfleto más fuerte que el nuestro”).

En abril del 2007, nuevamente en Lima, Fernando Arias me invitó a un almuerzo en su casa y en cierto momento me preguntó si sabía yo cómo era que habían llegado a convocarme en 1988 para aquel festival.

Yo no sabía. Y él me reveló: “Fue porque Mario Benedetti nos había dicho, creo que el año anterior: Tienen que traer a este”. Benedetti, por supuesto, no me había contado eso. Lo conocí personalmente solo avanzados los años noventa. Un día me llamó por teléfono y, a la sorpresa de enterarme de que era él quien llamaba, se sumó la de saber que quería preparar un libro con una selección de letras de mis canciones, como los que había hecho con Joaquín Sabina, Daniel Viglietti y tantos otros cantautores, para una editorial española.

Empezamos a trabajar en eso pero, por desgracia, después la editorial discontinuó la colección y el libro no llegó a hacerse. Pero... qué bueno fue recibir ese espaldarazo.

No soy un conocedor de toda la obra de Benedetti, ni surgió de ella finalmente, a través de los años, mi “alineación” (si existe algo así) en materia de literatura uruguaya. Pero sí soy un montevideano que, como tantos, no sería lo que es si no hubiera leído, por ejemplo, Montevideanos o La muerte y otras sorpresas, o Inventario 67.

Había libros de Benedetti (junto a varios de Damocles, el seudónimo de batalla del Benedetti periodista) en la biblioteca de mi tío, en la casa donde crecí. Y en los primeros años de la secundaria, en el Liceo francés de Montevideo (últimos años sesenta), tuve la suerte de que me tocara una camada de profesores franceses anticolonialistas que, trayendo los vientos del mayo francés, en vez de seguir al pie de la letra los programas oficiales se interesaban tanto por conocer el país al que habían llegado como por enseñarnos a nosotros a mirar a nuestro alrededor.

Y así como el profesor de historia y geografía Gérard Prost nos acercaba a Daniel Vidart y a Germán Wettstein, Alain Labrousse hizo un cortometraje sobre el cuento de Benedetti Miss Amnesia (con actuación de Gérard Prost). Claro que Benedetti no era ningún best seller en esa época. O quizá sí, pero solo en cuanto a la cantidad de lectores, y no en el sentido de ser (además) fuente de citas descontextualizadas convertidas en eslóganes de autoayuda, como sucedió después. Lo que sus libros representaban en esos años es así descrito por la escritora uruguaya Alicia Migdal:

“Los adolescentes que leíamos a Benedetti en los muritos del Liceo y del barrio levantábamos la cabeza de la página y comprobábamos cómo se duplicaba la realidad situada entre el libro y la vereda, por los que pasaban a su trabajo los dactilógrafos, las muchachas de las oficinas, los empleados melancólicos. No íbamos a ser así. La cotidianeidad, nombrada poéticamente, irrumpía como el verdadero monstruo interior uruguayo. Aprendíamos técnicas de defensa y de supervivencia contra él leyendo a aquel Benedetti. La poesía tenía, así, eluardianamente, función práctica”.

El relativismo posmoderno que a fines de los ochenta y en los noventa puso de moda –y hasta realzó como un valor– la actitud de no comprometerse con nada, promovió también en Montevideo cierta moda de renegar de Benedetti.

Nunca me hice eco de eso pero, en los comienzos de mi actividad, cuando en entrevistas me preguntaban por las influencias literarias recibidas, se me escapaba nombrarlo (creo que en general los autores –y también, o hasta más, los músicos– sabemos más sobre lo que nos gusta que sobre lo que somos), pero hace unos años me “cayó la ficha” de que si no hubiera leído Los bomberos o La expresión, no habría escrito nunca cuentos como Varelita (donde un oficinista es acosado por sus compañeros para que se cambie de camisa hasta que se revela que él es la camisa y no el cuerpo que ella lleva dentro) o tantos otros.

El “tono de contar”, más allá de la idea, aunque probablemente sí la decisión de convertir esa idea en cuento, en casos como ese, creo que viene de ahí. También hay un “tono de poetizar” en Benedetti, que es como de hablar llanamente, sin que se vea la filigrana del trabajo poético –o porque esa filigrana, por arte de inspiración– y llega a coincidir exactamente, en un momento mágico, con el impulso del hablar llano. Es lo que Juan Ramón Jiménez buscó en sí mismo (porque sabía que lo tenía) para huir del modernismo de Darío que lo había obnubilado en sus comienzos.

Muchos poetas cultivaron en nuestro idioma ese tipo de actitud, claro. Pocos, quizá, tan intensamente como Líber Falco en Uruguay. Pero Benedetti me parece que lo hizo sin subirse al carro literario de nadie –cuando volvió de un viaje a Europa, en los sesenta, el humorista Cuque Sclavo le preguntó por el nouveau roman y los objetivistas y él le dijo: “Los franceses lo único que inventan son ismos”– y de una forma tan particular (no en toda su poesía, creo, pero sí en suficientes versos como para merecer el cielo en el que él mismo colocó al pianista Earl Hines y a Pichuco) y tan en consonancia con los sacudones históricos de sus décadas mozas que por estos lados es muy difícil sustraerse a los ecos de advertencias como viene la crisis/ojo/guardabajo o al riesgo de caerse del pretil de lo dicho para estrellarse contra el súbito ojo/guardarriba.

Cito nuevamente a Alicia Migdal: “Es muy refrescante reírse con la poesía, y pocas veces se puede. Yo me sigo riendo con Los pitucos, y estoy en total desacuerdo con los que piensan que sus juegos de palabras en este poema son manidos. Tienen una aire/verdad/que es un desaire (...) tienen la marca/verdad/ de su comarca (...) tienen un pelo/verdad/que es terciopelo (...) una cadencia/verdad/que es decadencia, etcétera.

Hay una verdad instantánea en esa percepción, un hallazgo de conjunto en la distancia con que el hablante del poema se dirige a un presunto hijo chico para señalarle esa especie social que nace, muere y permanece en la rambla, que el poema se constituye en un retrato hablado, identikit, flash muy meditado de un ‘estado de alma’ que poseía a toda una población de los años sesenta. Esos pitucos, así, no existen más en Pocitos, que ha sido invadida por molestos pseudopitucos de otras zonas, que alteran con su dinero nuevo el abolengo de aquella raza blanda.

Tampoco aquel Montevideo existe así, ni existe aquella proclamada homogeneidad desde la cual se tomaba distancia, se daba un paso al costado y se soltaban sarcasmos contra los dueños naturales de la rambla, el bienestar, la idea de país, la noción de futuro, el champú y los mocasines porteños.

Pero vaya si existieron los pitucos y aquel país. Tanto existieron que todavía están entre nosotros, dueños de otros capitales u otras decadencias, más viejos, con más nostalgias de cuando eran únicos. Ahí están, abuelos ya con nietas y nietos igualitos, con la marca de su comarca social metamorfoseada y sin embargo reconocible”.

En los primeros años de la dictadura estuve cerca de un grupo de actores que buscaba un refugio mental en la escenificación de los Poemas de la oficina. Demasiado sabido es que muchos libros encierran (o liberan) amigos que ayudan a sobrellevar épocas bravas. Pero Benedetti fue amigazo no solo en los libros.

Cuenta Rosario Peyrou: “Mario, para ayudar a Beto (Oreggioni), que era su editor uruguayo y su amigo, y que como todo editor nacional vivía corriendo la liebre, siempre le daba algún libro suyo en exclusividad para Uruguay. Eso implicaba para él arreglar con las editoriales grandes, internacionales, para que no distribuyeran ese título en el país, al menos por un tiempo. Gracias a eso, Arca primero y Cal y Canto después (las dos editoriales que tuvo Beto, la primera con Ángel Rama, la segunda suya en exclusividad) capearon muchos temporales, ya que los libros de Mario se vendían como pan caliente.

Así publicó Las soledades de Babel, Poemas de otros, La borra del café, Primavera con una esquina rota, Yesterday y mañana, Despistes y franquezas, Viento del exilio, Geografías, Escritos políticos, etcétera”.

El crítico teatral Jorge Pignataro cuenta cómo en los inicios del Frente Amplio, Benedetti elogiaba la firmeza con que sostenía sus posiciones, que eran antagónicas respecto de las suyas, y cómo lo ayudó con sugerencias para el desempeño del oficio cuando Pignataro fue convocado para reemplazarlo en el diario La Mañana durante una licencia. Milton Schinca también recuerda cómo fue alentado por Benedetti.

Un último chisme, sobre la fidelidad de Benedetti no solo a sus ideas sino también a su mujer: alrededor de sus 47 años, una despampanante muchacha de 18 (ella misma se lo contó a Cuque Sclavo) lo citó en el bar El Vasquito y se lo cargó (así se dice en Uruguay cuando se trata de levante, de “avance”). Y él, con delicadeza, le dio el no.

Quién es Leo Maslíah

Nació en Montevideo en 1954. Es humorista, músico y escritor. Su obra, marcada por un estilo de ironía lacónica, combina el clacisismo musical con el humor absurdo. Desconfíe del prójimo (1985), No juegues con fuego porque lo podés apagar (1993) y Zanguango (1998) son algunos de los títulos que integran una discografía de más de cuarenta obras. En el 2003, su ópera Maldoror fue representada en el Teatro Colón de Buenos Aires.

Es también autor de cuentos, novelas y obras de teatro. Algunos de sus libros son El lado oscuro de la pelvis (1989), Carta a un escritor latinoamericano y otros insultos (2000) y Tres idiotas en busca de una imbécil y otras piezas (2006).

Su último libro es Cuentos impensados (2008).
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