José de Sousa Saramago (Azinhaga, Portugal, 1922) es escritor, periodista y dramaturgo portugués. En 1998 recibió un Premio Nobel.
El paisaje de Lanzarote se caracteriza, en su mayoría, por formaciones volcánicas con vegetación propia de la isla.
Al este de Lanzarote se encuentra Costa Teguise, cuya iglesia es propia de la arquitectura canaria.
Paseos en camello en el Parque Nacional de Timanfaya, forman parte de las atracciones turísticas de Lanzarote.
Lanzarote es la isla la más antigua de Canarias. El Parque Nacional Timanfaya encierra varios volcanes.
Las playas son uno de los atractivos de Lanzarote.
Las ciudades son eternas, dicen. Sin embargo, todo viejo siente que ‘su ciudad’ ya no existe. Aun en los barrios más antiguos de Lisboa, que conservan su atmósfera por interés turístico y cierta dejadez, se los ve, a los viejos, siempre abstraídos y solos, librando como pueden un combate constante contra las callecitas impracticables, los peldaños desgastados y las barandas endebles, las resbalosas vereditas de basalto, y esos tirabuzones crujientes de madera que suben a sus casas y que un día ellos ya no bajan, vencidos para siempre por el hartazgo, el temor o la artrosis.
Se los ve, desde entonces, quietos en los balcones, buscando recelosos alguien a quien hablar, un chico al que convencer que les compre el pan, otro viejo con quien confiarse penas obvias, sorpresas (“¿de veras? ¿también tú estabas allí? ¿entonces no soy el último?”) y, por fin, un turista o periodista para decirle que sí, que fue en ese misma casa donde murió Camoes, y que en aquel patio pequeño nació Amalia Rodrigues... Y más allá, cómo no, dice una señora Luísa, en una buhardilla cercana al Castillo de Sao Jorge, “vivió en los años veinte la familia de Saramago, entre cientos de emigrantes, pobres como nosotros”.
Y un cierto señor Abilio Mendes interviene, desde los altos de una tabaquería, acotando que en ‘su negocio’ lo trataron mucho a Saramago padre, que era carabinero, y que el mismo escritor de chico venía a menudo a su negocio, cuando era un simple aprendiz de tornero pero eso sí, siempre “con un libro bajo el brazo”. ¿Y después? “Bué, cuando se hizo comunista y luego periodista también supimos de él”, dice la señora Luísa (y lo dice esto con aire de desafío que impide más preguntas). “Pero fue orgullo del barrio saber que escribía libros, cómo no”, acota don Abilio.
“Y fue una casi ofensa enterarse de que, sabe Dios por qué disputa con qué estrato del gobierno, un día declaró que rompía con Portugal y, como buen lusíada, se iba a hacia otro mundo por ese mar afuera... Como bien hubiera querido yo , señor, huir de esta Lisboa que ya no es la nuestra...”.
Como sea, la isla de Lanzarote, adonde Saramago y su segunda mujer, Pilar –un amor tan inesperado y fulminante como su tardía dedicación a la narrativa–, llegaron a construir su primera casa, esa isla, digo, es un paisaje tan opuesto al de Lisboa como si un novelista hubiera inventado el escenario de una curiosa revancha... Sin Lisboa –con sus rincones mohosos, sus paredes ampolladas, su ropa perpetuamente colgada en los balcones–, Lanzarote vista desde el avión parece una ‘balsa de piedra’ volcánica resecada por el azote del sol casi ecuatorial, cercada aquí y a allí por rebarbas de espuma: los pueblecitos blancos, desiertos, requemados.
Quien baja del avión frunce el ceño en un gesto de disgusto que ya no borrarán ni anteojos ni gorras con visera ni esos sombreros gigantescos con que, según se dice, en el desierto interior de la isla los campesinos nativos salen a cuidar de los ‘nidos’: cactus del tamaño de una mano en medio de una especie de hornillo de piedra, como tótems del altar de un dios implacable... Hay bellezas, sí: las palmas de la costa, la temperatura, el agua mansa y azul en las caletas, el inalterable horizonte...
Pero a quien viene de Portugal, o de la pampa húmeda, la sequedad de a poco empieza a atormentarlo, menos en la sed que en la piel que sangra en donde roza, y en la nostalgia absurda de esos yuyos que crecen, en Lisboa o en Buenos Aires, entre las tejas de los techos, en las grietas de los muros...
Tampoco el paisaje humano es, digamos, demasiado acogedor. Como Marbella o Niza, pero en modesta escala, Lanzarote se ha hecho últimamente notoria por políticos acusados de corrupción y asociación ilícita –de los que dan cuenta los modestísimos diarios locales–.
Y en altos hoteles-pajarera, y en pubs con televisores que transmiten ensordecedoramente canales europeos de deportes, alborota una ruidosa clase media anglogermana cuya rudeza ostentosa parece decir, en cada acto, que si en Alemania o en Inglaterra no hiciera tanto frío, ninguno hubiera gastado tanto dinero en pasaje, y que nada detestan tanto como recordar que este confín, más que España, es Africa pura.
De tanto en tanto, la calima, brutalmente, se lo recuerda: el viento del Sahara que llega cruzando el océano durante días y días arrojando en las Canarias arena blanca y balseros . Entonces los turistas deciden escapar, reparando casi siempre que han gastado de más y ya no pueden llevarse de vuelta a sus mascotas. Una imprevista jauría de perros malcriados empieza a asolar las calles y se pierde en el desierto.
Por supuesto, en la magra librería del aeropuerto, atestada de revistas internacionales y best sellers –y donde novelas como el Memorial del convento sólo se ofrecen entre horrendos souvenirs–, en las visitas guiadas al fuerte-museo o en algún café modesto, cada tanto alguien pregunta por el Premio Nobel que vive, según han oído decir, en alguna parte “allá adentro”, pero poco se dice de él, poco se sabe, y uno llega a sentir que Saramago ha querido volverse tan inaccesible como el mismo ‘malpaís’ al que sólo cabe aventurarse en tours: un paisaje lunar donde, aparte de viejas construcciones, apenas se nota rastro humano –unos niños en burro camino de la escuela, dos viejas con pandero saliendo de una iglesia de campana inaudible y cada tanto.
Quizá, sí, un señor de traje que parece haber tomado rasgos del volcán, cierto aire sombrío, cierta rigidez, cierto hermetismo–, como un pastor que arreara, junto a tres de aquellos perritos y sabe Dios qué presencias invisibles... ¡Saramago! La casa donde finalmente se lo ve refugiarse, en lo alto de una colina que domina la playa del este, en el extremo de un barrio tan flamante como cualquier country argentino, no tiene, sin embargo, nada de ermita.
Desde la puerta que se abre bajo el nombre casi metafísico de La casa, escrito en portugués y compuesto en típicos azulejos lisboetas, todo habla de un buen vivir que, contraponiéndose al mal gusto de la costa, combina el estilo rústico de los campesinos y la vanguardia arquitectónica y artística del siglo XX.
Y es que, como muchos hijos de la clase obrera que se han ganado un sitio en la atención pública, Saramago siempre ha parecido casi obstinado en actitudes opuestas a las que se esperan de él: ni saudade portuguesa ni ritos que la evoquen –es antológica la crónica de la periodista Patricia Kolesnicov de vuelta a su aldea natal, en la que Saramago desprecia sumaria y altivamente cada una de las fealdades– ni apego alguno a la cultura popular (ni el fútbol ni el fado, que eran emblemas del fascismo salazarista) ni el ‘disfraz de pobre’ que visten muchos que, como él durante el siglo XX, se definieron como “comunistas hormonales”.
Por lo demás, cierto aire oracular que Saramago jamás abandona y la incurable disposición a la vida social de Pilar, hermana mayor de quince hermanos y enteramente andaluza, suelen congregar en La casa a una alborotada cofradía, compuesta casi exclusivamente por residentes extranjeros, permanentes o transitorios, que han pasado el día solos, como perdidos en la playa y como ofendidos por el turismo, y que entre tragos y música son invitados por ella a debatir sobre los tópicos del progresismo occidental.
–¿Qué piensa usted del comandante Marcos? ¿Y de Chávez? ¿Y del último crimen de la ETA?– y, desde el mismo momento en que Saramago vuelve sobre los postres a trabajar a su estudio, a compartir, largamente, entre licores, chistes e historias varias...
Durante esas reuniones, es cierto, uno percibe que Saramago y Pilar parecen estar ellos mismos como de paso, que el verdadero corazón de la casa son sus respectivos estudios –donde él, nos informa Pilar, ha interrumpido la redacción de su último libro sólo para recibirnos, y donde ella está preparando una columna que transmitirá en directo desde una consola.
Pero cómo no acogerse, al mismo tiempo, a esta especie de rito antiguo, de comunión, en que el mismo Saramago, que ha declarado más de una vez sentirse “extraño en toda fiesta” y que ha llegado a censurar incluso la afición a los chistes de cierto escritor uruguayo como “el vicio infantil de la esperanza”, se resigna de buen grado a permanecer, ejerciendo ciertas tareas centrales pero menos conspicuas: preparar el bacalao, controlar que se renueve el vino en las copas y repetir cierta sentencia o anécdota cuando su mujer le indique que vienen a cuento, y calmar cada tanto la ansiedad de los perros “traumados por el abandono” que no quitan la vista de la comida agitando los rabos frenéticos, o se abalanzan sobre los garrones de los invitados si, mientras el amo habla, osan amagar un movimiento de distracción o una demostración de disidencia...
Quién no querría una vejez así, que combina el amor presente con la fraternidad de la juventud (la de la militancia, la de una Lisboa a medida del hombre) y con la paz de su primera infancia campesina (quizá sólo sea posible para Saramago en Lanzarote, más allá de la eficacísima guardia que Pilar ejerce sobre cualquier intruso, y no le cuesta nada poner en vereda como a un hermano menor a un fan del maestro, o escarmentar con cuatro frescas si sospecha en el visitante a un vivillo)... Pero hay algo más.
Al fin y al cabo, desde que Saramago llegó a Lanzarote ha hecho cualquier cosa menos retirarse: ha viajado por medio mundo, con ese aire misional que mezcla naturalmente las actividades literarias y las políticas, y ha escrito esos monumentales cuadernos de opiniones de actualidad que recogen los Cuadernos de Lanzarote y, por unos meses, los textos de su blog. Y hay que subir por fin a ese estudio del escritor, que Pilar muestra orgullosa y sin palabras, como una campesina satisfecha de sus guisos, para intuir la verdadera clave.
Nada hay en ese cuarto de extraordinario: es un largo ático rectangular por cuyas ventanas enfrentadas se ve, hacia el oeste, el mar, los barcos que dejan atrás la isla camino a América, y hacia el este, el Timanfaya, el volcán extinto, en el que uno, como en aquel libro de Joseph Conrad, puede vislumbrar el secreto maestro de Saramago.
Hay libros en las paredes, claro, y carpetas sobre mesas de caballetes, como las tiene, quien más quien menos, la mayoría de los escritores; pero junto al ojo perpetuamente abierto de la computadora, donde tiemblan esas últimas frases que Saramago dejó suspendidas, uno ve las humildes fotos de aquella familia campesina que llegó a Lisboa en los años veinte y que, como todos los fantasmas, parecen haber elegido ellos mismos el lugar.
Han sido ellos, sin duda, los que eligieron Lanzarote, y llamaron a Saramago a hablar aquí a solas: de ese diálogo sale, desde siempre, la literatura. Y es que, “si la vejez pudiera” a falta de aquella vieja ciudad que amábamos y que nos forjó, elegiría un nuevo sitio como hecho a imagen del estado de nuestra memoria, para acoger, al borde del desierto, y como siempre, las voces de los muertos. No para enclaustrarse, digo, sino para reinventarse, inesperadamente, en fidelidad a los orígenes, una vez rendidos los debidos tributos a la especie. Y como es su derecho.
Quién es Leopoldo Brizuela
Nació en la ciudad de La Plata en 1963. Es narrador y periodista cultural. Publicó las novelas Tejiendo agua (1985) e Inglaterra. Una fábula con la que ganó el Premio Clarín de Novela en 1999. Es autor también del libro de poemas Fado (1995), la nouvelle El placer de la cautiva (2000) y el libro de relatos Los que llegamos más lejos (2002). Obtuvo las becas Gulbenkian de Lisboa (2001), de la Fundación Antorchas y del Banff Center for the Arts (2002). Fue galardonado, además, con el Premio Fortabat de Novela (1985) y el Primer Premio Edelap de Cuento (1996).
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