La iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada, a orillas del canal Griboédov, es el templo más “turístico”.
La Fortaleza de Pedro y Pablo está en la isla de Zayachi.
El Palacio de Catalina, emplazado en Pushkin, a 24 km al sur de San Petersburgo.
La histórica Plaza del Palacio acoge el Museo Hermitage.
El gran interés que despierta San Petersburgo no es casual. Quizá porque a pesar de ser una ciudad con solo 300 años (poca cosa para una urbe), posee un aspecto de magnificencia que parece herencia de varios siglos.
La foto que todo turista debe tomarse “obligatoriamente” en San Petersburgo es frente a la imponente iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada o iglesia de la Resurrección de Cristo.
Con esa gráfica en su página de Facebook, Hi5, Badoo, Messenger o en su tradicional álbum de imágenes impresas en papel mate o brillante (sí, claro que aún existen), cualquier viajero oficializa su visita a una ciudad tallada tan artísticamente que a menudo la llaman “museo al aire libre”.
La iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada fue erigida entre 1883 y 1907 en el lugar donde el 1 de marzo de 1881 fue herido mortalmente el emperador Alejandro II por un miembro del grupo nihilista (anarquismo ruso) Naródnaina Volía (Voluntad del Pueblo).
Reflejada en las aguas del canal Griboédov, la pintoresca silueta del templo está inspirada en la arquitectura rusa de los siglos XVI y XVII, particularmente la exhibida en la catedral de San Basilio y la iglesia del Manto de la Virgen, ambas en Moscú.
La fachada está revestida con ladrillos esmaltados, baldosas y azulejos, mientras que en el interior del edificio se lucen mármoles italianos y diversos tipos de piedras semipreciosas rusas.
Todo eso (interior y exterior) se complementa con un impresionante conjunto de mosaicos elaborados a partir de 1895 con base a obras originales de los pintores V. Vasnetsov, M. Nésterov, M. Vrúbel, A. Riábushkin y otros.
Ciudad imposible
Primero valdría mencionar que San Petersburgo no debería existir, al menos donde está ubicada al noroeste de Rusia. Esta metrópoli de 4,6 millones de habitantes fue construida en una zona pantanosa y gélida que sufría de inundaciones y fuertes ventarrones. Pero allí precisamente, en ese lugar imposible a orillas del río Nevá, el zar ruso Pedro el Grande, fundó la urbe el 16 de mayo de 1703 con la intención de convertirla en ventana de Rusia hacia el mundo occidental. A partir de entonces fue la capital del imperio ruso por más de 200 años, hasta que la Revolución rusa regresó la capital a Moscú.
San Petersburgo es considerada la ciudad más europea de Rusia (el país más extenso del mundo), ya que fue diseñada, construida y decorada por arquitectos e ingenieros de Francia, Italia, Holanda e Inglaterra.
Esa sinfonía de piedra en la segunda ciudad más grande de la Federación Rusa atrae cada año unos tres millones de turistas (ecuatorianos requieren visado), quienes en legiones de camisetas o abrigos gruesísimos (según la estación del año) enfilan hacia lugares como la Plaza del Palacio, zona central a orillas del río Nevá y que fue escenario de varios acontecimientos de importancia global, como el Domingo Sangriento, tal como se denomina al día de la matanza realizada por la Guardia Imperial rusa contra manifestantes pacíficos (22 de enero de 1905) y la Revolución de Octubre o Bolchevique, liderada por Lenin y considerada la primera revolución socialista del siglo XX, del 23 de octubre al 8 de noviembre de 1917.
El edificio más antiguo y célebre de la plaza es el Palacio de Invierno, hogar oficial de los zares hasta la Revolución rusa de 1917. Fue construido entre 1754 y 1762 con forma de rectángulo de estilo barroco, representando un soberbio ejemplo de la arquitectura rusa y mundial del siglo XVIII, la cual allí sorprende también por su tamaño: la longitud de sus fachadas es de 2 kilómetros, posee 1.054 salones (incluidas las habitaciones), 2.000 puertas, 2.000 ventanas (de 12 tipos distintos) y 120 escaleras.
El Palacio de Invierno es parte del conjunto arquitectónico del Museo Hermitage, que también abarca el Teatro de Hermitage y los palacios denominados Hermitage Pequeño, Hermitage Viejo y Nuevo Hermitage. Este es el principal museo de Rusia, el cual exhibe tres millones de piezas que abarcan desde antigüedades romanas y griegas, hasta cuadros y esculturas de la Europea Occidental, arte oriental, piezas arqueológicas, arte ruso, joyas y armas.
La Plaza del Palacio está localizada en la avenida Nevsky o 20 de Octubre, con 4 kilómetros sembrados de puentes, palacios, cafés, restaurantes, tiendas, museos y librerías. Esta avenida, que comparte junto a los Campos Elíseos de París la primera idea de boulevard-centro comercial del mundo, concluye en el Monasterio de Alexander Nevsky, conjunto arquitectónico que incluye el Jardín Metropolitano y el cementerio Lazarevskoye.
Tesoros de los zares
El arte de la urbe también se exhibe en el Museo Ruso, fundado en 1895 por el zar Nicolás II para exponer al público las obras de los pintores rusos en el antiguo palacio del príncipe Miguel (hermano menor de los zares Alejandro I y Nicolás I).
Los recorridos en San Petersburgo también llevan a la Fortaleza de Pedro y Pablo, núcleo urbano donde empezó la ciudad, en la pequeña isla de Zayachi, en el río Nevá, donde ahora los turistas pueden admirar una catedral con las tumbas de los zares rusos, incluyendo el último zar Nicolás II.
Otro templo de importancia es la catedral de San Isaac, considerada por muchos la más grandiosa de las iglesias de la ciudad con su altura de 101,5 metros y decoración interior. El turista puede subir a la columnata para disfrutar de una linda vista de San Petersburgo.
También vale visitar las residencias de los zares en las afueras de la urbe. El Petergoff es un complejo de palacios y parques también llamado ‘el Versalles ruso’, mientras el Palacio de Catalina en Pushkin fue la residencia veraniega de los monarcas. En Pushkin, a 24 kilómetros al sur de la urbe, también está el palacio Alexandrovsky, donde vivió la familia del último zar Nicolás II, mientras que en los alrededores está el palacio de Pavlovsk, hoy convertido en un museo estatal.
Todos esos edificios representan la opulencia de una época que marcó el perfil de la joven y aristócrata San Petersburgo.
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