Plaza Registan en Samarcanda.
Necropolis Chah-i-Zinda, considerada uno de los más bellos monumentos por us hermosas baldosas mayólicas de color azul verdoso.
Plaza de la Independencia Tashkent.
Jiva, urbe de Uzbekistán situada al suroeste del país.
Samarcanda, la segunda ciudad más grande de Uzbekistán.
Alminar Kalon, uno de los símbolos de Bujará que caracteriza el perfil de la urbe.
Necrópolis Chah-i-Zinda, se basa en la tumba de Qusam ibn Abbas, un primo del Profeta Mahoma.
La Mezquita de Juma es otro de los atractivos.
Un viaje soñado: nuestra colaboradora describe sus impresiones de una cultura milenaria.
Entre 1924 y 1991, año de la declaración de su independencia, Uzbekistán formó parte, junto con Kazajstán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán, de la llamada Asia Central Soviética.
Remontémonos, sin embargo, a siglos anteriores.
A mediados del siglo VI aC., Ciro II, rey de Persia, conquistó Asia Central e incorporó los dos principados de Uzbekistán a su reino. El dominio de la dinastía persa terminó cuando el imperio cayó en manos de Alejandro Magno en el 329 aC. Los siglos posteriores vieron la llegada de nuevas invasiones: chinos, hunos, turcos y árabes. Estos últimos implantaron por la fuerza el islam y construyeron las primeras mezquitas y madrazas.
En 1220, las tropas mongoles de Gengis Kan devastaron el territorio. Tamerlán, un militar turco-mongol se proclamó emir en 1370 y ordenó a los artistas y esclavos capturados en el curso de sus campañas la reconstrucción de los centros destruidos.
El poderoso Abu I-Jayr consiguió unificar, bajo la denominación de Ulus Uzbek –término que derivaba de Özbeg, el nombre de un príncipe mongol, a las familias nómadas descendientes del primogénito de Gengis Kan, en el siglo XV. Posteriormente, durante la segunda mitad del siglo XIX, los rusos se apropiaron de todas las grandes ciudades de Asia Central. En 1918 estallaron violentas revueltas locales contra esa dominación.
Seis años después, Uzbekistán se convertía en una de las repúblicas socialistas soviéticas de Asia Central. Hoy conviven en el territorio diferentes etnias y en los rostros de sus habitantes se adivinan orígenes muy diversos.
Con Marco Polo
No es una calzada concreta que largas caravanas de camellos atravesaban desde China hasta Constantinopla (hoy Estambul, Turquía), sino una red de rutas comerciales marítimo-terrestres entre Oriente y Occidente a través de Asia Central.
Debe su nombre a la prestigiosa mercancía que por ella transitaba la seda, de cuya fabricación solo los chinos tenían el secreto. También circulaban piedras preciosas, oro, plata, telas de lana y lino, marfil, vidrio, cerámicas, alfombras, especias, animales exóticos...).
Se cree que el general chino Zhang Qian abrió en el siglo II aC. estas milenarias rutas. En 1426, el emperador de la dinastía Ming cerró las fronteras de China, intentando poner freno a la influencia extranjera.
La Ruta de la Seda, término también utilizado en plural, evoca al mercader y explorador veneciano Marco Polo, quien, si bien no fue el primer europeo en llegar al lejano país oriental –su padre y su tío ya habían recorrido la ruta precedentemente–, se volvió célebre gracias a la descripción del viaje y las maravillas narradas en su libro El millón, asimismo conocido como Los viajes de Marco Polo o Libro de las maravillas.
Son cuatro: Tashkent, Samarcanda, Bujara y Jiva, cuatro ciudades de Uzbekistán que jalonaban ese mítico recorrido y que actualmente constituyen una de las más ricas herencias del mundo islámico.
Llegada a Tashkent
A las seis de la mañana aterrizamos en Tashkent, la capital, y dormimos unas cuantas horas antes de salir a recorrerla. Nos sorprendió encontrar una metrópoli de aire soviético, llena de árboles y enormes plazas con jardines, amplísimas avenidas y calles inmaculadamente limpias.
Otra sorpresa nos reservaba nuestra larga caminata hacia la estación de metro más próxima (la distancia entre una y otra estación se puede medir en kilómetros): no cruzamos ninguna mujer envelada, la mayoría lleva un vestido sedoso de mangas cortas sobre estrechos pantalones que cubren las piernas hasta por encima de los tobillos y un pañuelo de cabeza que no oculta el pelo, sino que lo protege del inclemente sol; las jovencitas visten a la moda occidental.
Los fieles de este país, que en su Constitución se reconoce laico, practican una religión musulmana no fundamentalista –no están prohibidos el alcohol ni la música, tampoco existen prescripciones en cuanto a la vestimenta femenina–. Mis velos y turbantes no tuvieron que salir de la maleta.
Instante de terror: la entrada al andén del metro estaba custodiada por dos policías. Nos solicitaron los pasaportes –llevábamos fotocopias, pues la guía aconsejaba nunca llevar consigo los originales–, revisaron la vigencia del visado y amablemente nos los devolvieron. Mustakilik (“Independencia”), la estación en la que debíamos bajar, ostenta muros y pisos de mármol, impresionantes lámparas de araña y esculturas.
Todas las estaciones de este sistema de transporte han sido decoradas por un gran artista, según un tema específico. Fuimos a cambiar dinero. Pasamos 300 dólares y nos entregaron alrededor de medio millón de sums. Cual atracadores de banco, mi sobrino y yo echamos fajos y fajos de billetes en nuestras respectivas mochilas.
Al día siguiente nos dirigimos a la parte antigua de la ciudad. El bazar Chorsu (“los cuatro caminos”), que opera en ese mismo emplazamiento desde hace unos dos mil años, acoge en su recinto un edificio soviético de dos pisos en forma de cúpula.
En el piso superior compiten entre sí pasas, albaricoques secos, almendras, pistachos, nueces, cacahuetes…, mientras que en el inferior abundan frutas y legumbres frescas, especias y condimentos. Los negociantes de tapices, alfombras y chales se hallan instalados en el exterior.
Adentrándonos por las callejuelas, llegamos a Hazrati Imam, un complejo religioso que integran el mausoleo de Kaffal Shashi, la madraza de Barak Kan y la mezquita Telia Cheikh, cuya hermosa biblioteca abriga el Corán de Osman, original del siglo VII, escrito en piel de venado.
Dos días después acudimos a una agencia de viajes, Dolores Tours, para que nos reservaran los próximos hoteles y compraran los pasajes de tren y avión. Nos atendieron un amabilísimo uzbeko que hablaba francés y una simpatiquísima muchacha de madre rusa y padre ecuatoriano.
Hacia Samarcanda en tren
La Unesco declaró esta ciudad de 2.700 años de antigüedad como Patrimonio de la Humanidad en el 2001. En la plaza del Reguistán, su corazón, tres magníficas madrazas rivalizan en esplendor. Una escalinata ancha, próxima a un jardín y a una vía principal, forma el cuarto lado de la otrora plaza de mercado.
Samarcanda nos ofrece otras joyas arquitectónicas. Un cronista de la corte decía de la mezquita de Bibi Khanum que el cielo era una copia de su cúpula. Cuenta la leyenda que Bibi Khanum, hija del emperador de China y esposa predilecta de Tamerlán, decidió hacer erigir, mientras el monarca se encontraba en campaña, una mezquita que sobrepasara en dimensiones y belleza a todas las demás. Su intención era dar una sorpresa a su bienamado esposo.
A cambio de la promesa de tener terminados los trabajos a tiempo, el arquitecto le robó un beso a la princesa. Tamerlán se enteró de lo sucedido el día de su regreso y furioso dispuso que ambos fueran precipitados al vacío desde lo alto de las torres de la mezquita.
El exterior del mausoleo de Tamerlán está recubierto de mosaicos en tonalidades azul verdosas. Corona el pórtico de entrada una enorme cúpula estriada que, al atardecer, cobra dorados reflejos.
La necrópolis Chah-i-Zinda es un conjunto mortuorio excepcional. Una hilera de palacios azulados bordean una calle que avanza por una empinada colina.
Hacia Bujara en auto
En la antigua ciudad se concentran todos los monumentos, tantos y de una variedad de estilos tan diferentes, que resulta una delicia perderse entre las callejuelas y maravillarse ante cada uno de los que nos salen al paso. Existen cerca de 140 en una superficie de unos 8 km². Imposible no divisar el alminar Kalon desde cualquier recodo de la ciudad. Al parecer, su majestuosidad: 47 m de altura y 10 anillos superpuestos de ladrillos ocres, lo salvó de las ansias destructivas de Gengis Kan.
La inmensa mezquita del mismo nombre, a los pies del alminar, desafía en elegancia a la madraza Mir-i-Arab, que tiene enfrente. Dos madrazas y un punto de parada de monjes peregrinos circundan el mayor estanque de la ciudad, Liab-i-Jauz, un lugar entrañable rodeado de centenarios árboles y sauces llorones. La fortaleza del Ark, una ciudadela con un área de 3,96 ha, ofrece un panorama a pérdida de vista de Bujara y sus alrededores.
Hacia Jiva en avión
Llegamos en avión a Urgench y del aeropuerto tomamos un taxi hasta Jiva, un oasis al norte del desierto de Karakum, en un ramal secundario de la Ruta de la Seda, que terminó por convertirse en la capital de un pequeño imperio. La ventana de nuestro hotel daba a la entrada principal de Ichan Kala (“la ciudad interior”). Una gran muralla de ladrillos y adobe que alcanza unos 12 m de altura y 6 m de ancho en algunos tramos, envuelve un extraordinario conjunto religioso y arquitectónico: alminares, madrazas, palacios de suntuosos patios, mezquitas, un harén, mausoleos… Jiva, una ciudad-museo única en el mundo, donde el tiempo parece haberse detenido.
Entre sus monumentos destacan la mezquita Juma (“del viernes”), del siglo XI, con sus 213 columnas de madera, y Kalta minor (“el alminar corto”), una construcción que debía culminar a 70 m de altura y desde cuyo lucernario la lejana Bujara hubiera resultado distinguible. Cuando el kan de Bujara se enteró del proyecto de su rival de Jiva, proyectó hacer secuestrar al arquitecto a fin de que este levantara un alminar más alto en sus dominios. El kan de Jiva, por su parte, entró también en conocimiento de las intenciones de su adversario.
Decidió entonces que, una vez finalizados los trabajos, ordenaría el asesinato del arquitecto. Lo encolerizaba que otros pudieran beneficiarse de sus habilidades y competencias. No bien llegó a oídos del arquitecto lo que se tramaba, puso pies en polvorosa. El supuesto alminar quedó reducido a una construcción troncocónica de 14 m de base y 26 m de altura, entero y soberbiamente decorado.
Hospitalidad: una palabra clave
El pueblo uzbeko es muy hospitalario y amable con los extranjeros. Respetan nuestras costumbres y les encanta mostrarnos las suyas. En Samarcanda y Bujara nos invitaron a entrar en las casas y sentarnos en una especie de gran cama de madera en cuyo centro se eleva una plataforma rectangular, donde nos sirvieron té, golosinas y frutas.
Observábamos una fiesta de matrimonio en Jiva y sin darnos cuenta terminamos en la mesa de los convidados, compartiendo el banquete y una botella de vodka.
Uzbekistán ofrece a los visitantes además de su gran riqueza cultural y humana, un lugar seguro y lleno de calor humano.
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