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Un mito llamado Dubái

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Dubái

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:  Islas Palmera, una megaconstrucción de islas artificiales que incrementó la costa de Dubái en aproximadamente 120 km.

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El rascacielos más alto del mundo, nombrado Burj Khalifa.


¿Nieve en el desierto? ¿Edificios giratorios? ¿Islas artificiales? Para que estas concepciones no parezcan Las Ciudades Invisibles, de Ítalo Calvino, hay que anteponer una palabra que cambia todo el panorama: Dubái.

Cuando uno ve las construcciones y estructuras que conforman la Dubái de hoy, tiende a una reacción, que oscila entre la duda y el asombro. Las dos últimas generaciones de la dinastía gobernante en la ciudad se han esforzado en transformar lo que antes fuera un humilde puerto del Golfo Pérsico, en una ciudad a la altura de Londres o París, donde lo insólito es el punto de partida de todas sus construcciones predominantes.

Uno duda al principio de lo que ve; ya sea que lo experimente en fotos, videos o en persona. El asombro viene inmediatamente después, cuando el observador se percata de que no está presenciando una imagen inspirada en las Mil y Una Noches, sino una maravilla de la ingeniería, que ha materializado los caprichos más descabellados de la arquitectura actual.

En cierta forma, el sueño del anterior Emir de Dubái se ha realizado. El nombre de su ciudad retumba en todo el mundo. Hablar del Dubái de nuestros días es hablar de la nueva pasarela arquitectónica del planeta. Curiosamente, sus centros financieros, comerciales, mediáticos y recreativos no fueron repartidos entre los “Starchitects” (arquitectos estrella) ya establecidos, salvo Rem Koolhaas y Norman Foster, las demás lumbreras de la arquitectura mundial prefirieron trabajar en Abu Dabi, la ciudad hermana de Dubái.

Eso convirtió a Dubái en el sitio perfecto para que surgieran nuevos arquitectos sedientos de fama, y para que muchas empresas constructoras alcanzaran un prestigio intercontinental. Tal es el caso del conglomerado americano Skidmore, Owen & Merryl, más conocido por sus siglas S.O.M. Son ellos quienes lograron grabar su nombre en la historia de la construcción, al aceptar el reto de edificar lo que hoy es el rascacielos más alto del planeta: el Burj Khalifa.

¿Fantasías?
Sin embargo, por muy titánicos que sean los esfuerzos de sus promotores y planificadores, Dubái se siente como una ciudad irreal; como si se tratara del mayor de los espejismos sobre el desierto. O dicho de otra forma, más allá de lo admirable que sus estructuras resulten para muchos, Dubái aún no demuestra ser un árbol con raíces firmes para resistir las adversidades del tiempo.

No es la primera vez que la humanidad eclosiona de forma tan efervescente y fantasiosa en una ciudad. Constantinopla, Venecia, Nueva York, Orlando, Las Vegas y Dhaka son otros ejemplos de cómo los seres humanos hemos transformado pequeños poblados en “ciudades-imperio”, capaces de generar y derrochar fortunas imaginables solo por muy pocos. Sin embargo, ¿qué es lo que tuvieron todas esas ciudades y que Dubái aún no tiene?

Principalmente, Dubái carece de una economía que justifique la presencia de semejante infraestructura a largo plazo. Constantinopla surgió prácticamente ‘de la nada’, y el gobierno de medio imperio romano abarcó las rutas comerciales más importantes. Las Vegas creció y se mantuvo porque aprovechó el último hueco que quedaba entonces en la economía americana: los juegos de azar. Orlando se desarrolló gracias a la empresa de entretenimiento infantil que en ella dejó plantado Walt Disney. A diferencia de estos ejemplos, Dubái perdió su casilla económica específica.

Según sus promotores, Dubái surge como una ciudad destinada a los negocios y al desarrollo de la industria mediática en el Medio Oriente. Sin embargo, resulta un poco irónico que no se haya invertido tanto en los espacios de generación mediática, como se lo ha hecho en proyectos turísticos, comerciales, públicos y residenciales.

Lo cierto es que surgió como una forma de lograr ingresos ajenos al petróleo y buscó crear su nueva personalidad basándose en lo insólito, en lo que no se había construido todavía. Ante semejante provocación, muchos arquitectos llegaron de todas partes, con ganas de estrangular a la gallina de los huevos de oro, presentando cada uno una idea más descabellada y derrochadora que la anterior.

Las Vegas y emiratos
Entonces, Dubái dejó de ser un negocio mediático e inmobiliario para convertirse en una serie de hazañas constructivas, una galería de monumentales trofeos de un Emir que olvidó las intenciones originales de su padre. Por tal razón, esta ciudad pasó a ser una especie de Las Vegas, pero con esteroides... y sin casinos.

El resultado de esta empresa salió en todos los medios noticiosos del mundo, algunos meses atrás. El emirato de Dubái ha gastado mucho y ha recuperado poco.

El dinero se fue en el derroche de tecnología y acabados y no en la generación de un motor económico innovador y eficaz, que inspirara confianza. Por ende, el emirato ha tenido que renegociar ante sus acreedores parte de los noventa mil millones que ha invertido en su quijotada inmobiliaria.

Aparte de eso, comienzan a salir a la luz las impresionantes desigualdades que se dan en su interior. Muchos medios y organizaciones cuestionan los salarios y las condiciones de vida de la mano de obra proveniente de India y Pakistán.

Un miembro de la familia real fue filmado cuando obligaba a un trabajador a comer arena del desierto. A eso se suman las necesidades de replantear los servicios básicos de la ciudad. No todo lo que brilla es oro, incluso en Dubái. ¿Qué pasará entonces?

Puede ser que el emirato reflexione ante su actual situación económica y comience a dar un giro de timón que ayude a canalizar sus recursos de manera más efectiva, pero es muy probable que sea el próximo emirato el encargado de resolver estas vicisitudes de manera definitiva. Sin embargo, de no ser así, el destino que le espera a Dubái no será el de Constantinopla, o el de Venecia, o el de Las Vegas. El pequeño emirato podría convertirse en el Versalles de nuestra época. Un sitio lleno de turistas y de maravillas que nadie usa, donde el derroche tecnológico tomaría el lugar que ocupa el ornato en la palaciega ciudad francesa. Eso sí sería digno de un capítulo de Las Ciudades Invisibles, de Ítalo Calvino.
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