Ocurre en ríos y esteros. Contaminación, sedimentos y amenazas de inundaciones son algunas de las situaciones que ‘ensucian’ las aguas de los guayaquileños.
Foto del malecón de Guayaquil de inicios del siglo XX obtenida del libro Los planos de Guayaquil, de Melvin Hoyos y Efrén Avilés. La imagen muestra varias de las embarcaciones que navegaban en ese tiempo.
La ciudad de Guayaquil comenzó a darle la espalda al río Guayas tras inaugurarse el Puerto Marítimo en la zona sur, hecho ocurrido a inicios de los años sesenta del siglo anterior. Fue entonces cuando el malecón de la urbe porteña dejaba de recibir los barcos llenos de pasajeros y mercadería provenientes de Galápagos y países como Perú, Chile, Colombia y Panamá, algunos de los cuales (los de mayor calado) acoderaban en la isla Puná para enviar su carga en barcazas hacia esta ciudad asentada en lo profundo del golfo.
Ese tráfico provocaba que, desde tiempos de la Colonia, gran parte de la población de Guayaquil tuviera los ojos puestos a diario (y con entusiasmo) en ese largo brazo de agua conectado al océano. Coincidentemente, por esos años también comenzaron a desaparecer las pequeñas embarcaciones que perfumaban el largo playón del perfil guayaquileño con cacao fino de aroma, legumbres y frutas de la Costa y la Sierra, en un intenso tráfico fluvial con la ciudad de Babahoyo, llamada Bodegas por ser un centro de acopio intrarregional. ¿La razón de esa desaparición? La nueva carretera hacia el interior del país era mejor opción para transportar la carga.
El historiador Melvin Hoyos, director de Cultura y Promoción Cívica del Municipio de Guayaquil, realiza tales apreciaciones sobre este río que “siempre fue vía de comercio importantísima, por lo que entre 15 y 17 muelles se asomaban a lo largo del playón (hoy Malecón Simón Bolívar)”, dice sobre ese brazo de agua que definió el crecimiento de la ciudad.
“Guayaquil es caliente, por lo que los primeros pobladores preferían construir frente al río buscando la brisa fresca, provocando que la urbe se extendiera por tres kilómetros frente al agua, mientras que tierra adentro, como por el año 1870, la ciudad solo avanzaba hasta lo que hoy es la calle Boyacá”, refiere.
‘Sucias’ alertas
Hoy pocas embarcaciones navegan por el río. Y la mayoría de los guayaquileños hemos quedado como simples admiradores de su belleza escénica.
Esa debilitada relación ha provocado el desinterés masivo ante situaciones que deberían preocupar a los porteños. David Matamoros, director del Instituto de Ciencias Químicas y Ambientales de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), alerta sobre la contaminación por los desechos de las aguas servidas.
“Aunque no hay ningún estudio que determine que el río Guayas está contaminado, en 1997 realizamos un monitoreo en el río Daule (afluente) que determinó que el agua en ciertas zonas tenía 3.000 coliformes fecales por cada 100 mililitros, cuando lo máximo permitido es 100. Esas bacterias son generadas por la presencia de heces fecales de los seres vivos. Por ejemplo, las aguas servidas que salen de nuestras casas tienen un millón de coliformes fecales por cada 100 mililitros”, indica sobre esta situación debido a que el río es depósito de las aguas servidas. “En Guayaquil no hay un sistema apropiado para tratar el agua servida antes de depositarla en el río o el estero”, agrega el experto.
Esa situación empeorará debido al crecimiento de la urbe, explica Luis Domínguez, director del Centro de Agua y Desarrollo Sustentable de la Espol, quien destaca que las autoridades deben planificar el Guayaquil que tendremos en cincuenta años. “El río es la fuente del agua potable de la ciudad. Si no prestamos atención a las alertas, ¿qué agua beberemos en el futuro?”.
Otro problema son las inundaciones. Felipe Molina es un joven que recientemente se graduó de arquitecto de la Universidad Católica con una tesis que mostraba la necesidad de mejorar el alcantarillado pluvial (lluvias) de Guayaquil, que tiene más de treinta años. “Las inundaciones vienen cuando el agua del río sube al nivel de los tubos de desfogue, generalmente por las lluvias”, indica este profesional, cuya tesis también tuvo la asesoría de la Espol. “Y si a esto sumamos el aumento de los niveles del agua debido al deshielo de los glaciares por el calentamiento global y las fuertes lluvias que sin duda seguirán cayendo en esta zona y en la cuenca baja (los afluentes), tendremos un escenario muy difícil”, señala.
Los cambiantes niveles del agua en el Guayas, que fluctúan entre 7 y 8 metros de profundidad en marea baja, subiendo entre 2 y 2,5 metros en marea alta (dos veces al día), conviven con otra situación que afecta la navegación: la acumulación de sedimentos.
El capitán Carlos Zapata, jefe del departamento de Hidrografía del Instituto Oceanográfico de la Armada (Inocar), apunta que ese problema es especialmente delicado ya que el Guayas recibe agua dulce de sus afluentes río arriba, mientras que desde el sur llega el agua salada del Golfo de Guayaquil.
“Eso provoca una gran dinámica que moviliza sedimentos desde ambos lados. Esa acumulación es un proceso natural que seguirá ocurriendo, y las soluciones a largo plazo podrían apuntar a costosas obras de ingeniería”, indica este profesional, que explica que los sedimentos incluyen desechos provocados por la deforestación, la agricultura y las camaroneras.
Debate y dragado
El dragado de los sedimentos es una opción para mejorar la navegación en el río Guayas, según Zapata, pero antes deben realizarse estudios detallados.
El dragado del río ha provocado un intenso debate en los últimos años, mientras tanto el sedimento sigue acumulándose en grandes bloques, el más grave ubicado entre La Puntilla y Guayaquil, donde se ha formado un islote llamado Palmar. Incluso en agosto del 2009, un barco turístico encalló por varios minutos frente al malecón por los sedimentos. David Matamoros, de la Espol, considera que los ríos navegables deben ser dragados periódicamente, también para controlar las inundaciones, pero la gran interrogante es dónde poner los sedimentos. José Guarderas, gerente de Soluciones Ambientales Totales (Sambito), dice que la solución obvia sería el dragado, pero coincide con varios expertos que aseguran que para tomar una decisión hay que realizar más estudios de la problemática, aplicando modelos matemáticos del comportamiento del río.
El capitán Mauricio Alvear, jefe de la Capitanía del Puerto de Guayaquil y director del Programa de Educación Ambiental Marino Costero (Peamco), indica que las autoridades pronto tomarán importantes acciones sobre ese aspecto y otros relacionados con el río. Eso ya que tras recibir en el malecón guayaquileño la docena de veleros de diversos países que llegaron en la regata Velas Sudamérica 2010, del 7 al 11 de mayo, diversas entidades, entre ellas el Municipio de Guayaquil, coincidieron en trabajar conjuntamente para devolverle su antiguo esplendor.
“Se trata de poner muelles para cruceros de mediano tamaño, dragar la zona frente al malecón y el canal de acceso, y promover una mayor cultura de limpieza. El problema es que de pequeños nunca nos enseñaron a cuidar los ríos ni los esteros, por eso resulta imprescindible trabajar hoy con la juventud para crear esa cultura”, indica Alvear refiriéndose al programa Peamco, que imparte charlas sobre cuidado ambiental en los colegios de Guayaquil.
Otra iniciativa fue una minga realizada el 25 de septiembre (Día Mundial de Limpieza de Playas, Bahías y Esteros) con más de 1.200 estudiantes de una decena de colegios, para recoger los desperdicios en el estero Salado desde el puente El Velero hasta el puente peatonal del estadio de Barcelona.
Cada iniciativa que emprendan los guayaquileños será valiosa para devolverle al río Guayas y demás cuerpos de agua algo de lo mucho que desde siempre le han entregado a la ciudad.
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