Simón David es el esposo de Pepita de Zevallos, la voluntaria de la Fundación María Gracia. A él no le molesta esa presentación porque cree que su popularidad llegó sin que se haya propuesto buscarla, además se considera afortunado de tener a su lado una mujer que entre sus cualidades ha priorizado el servicio social.Ellos comparten tres hijas, anécdotas, trabajo, diversión... Las adversidades las enfrentan en pareja. Su secreto es querer ver feliz el uno al otro.
“Hay diferencias en la vida”, reflexiona refiriéndose a la actividad de su esposa. Es que si bien ella es exitosa y carismática en la ayuda al prójimo, él es reconocido en el campo de las inversiones inmobiliarias por la labor que como asesor ha desarrollado por 30 años. Paralelamente es constructor.
“Él me tiene que mantener”, recalca Pepita, para comentar que Simón David no puede involucrarse directamente en la fundación, aunque en un principio sí lo hizo.
En sus 28 años de casados la mayor adversidad que enfrentaron fue la enfermedad de su hija menor, María Gracia, quien a los 4 meses de nacida enfermó de meningitis. “Ella es el ángel que vive en esta casa”, refiere Pepita sobre su niña de 22 años, quien se mantiene en cama.
La misión de María Gracia es que su madre se dedique a ayudar a los niños, agrega Simón David al comentar que su esposa pensaba en la ayuda social para cuando se retirara de la labor que compartía con él en el área inmobiliaria, pero su hija cambió sus planes y adelantó ese trabajo.
Simón David le propuso matrimonio a Pepita a los quince días de conocerla, en una reunión de trabajo. Aunque ella aceptó, la boda llegó un año después porque decidieron comprar un departamento antes.
Aseguran que desde que se conocieron no se separaron más que una vez, cuando ella debió viajar con María Gracia a Estados Unidos para su tratamiento. La estadía debía ser de seis meses, pero a los dos regresó con su hija en brazos, “me hacía falta el hombro de mi esposo”.
La adversidad la enfrentaron juntos y son una pareja que se divierte, que comparte a diario el almuerzo, que sin hablar saben lo que pasa por la mente del otro, sus miradas se comunican y disfrutan de las anécdotas de su vida.
“Yo siempre le digo a Pepa que ella gana indulgencias con rosario ajeno”, bromea él para contar que ella no puede ver a alguien con problemas en una calle o carretera, y recuerda que durante un fuerte invierno, hace unos años, cuando cruzaban el puente Carlos Pérez había un carro dañado y una mujer con su hija adolescente bajo la lluvia trataban de arreglarlo. Pepita le pidió parar y él se bajó para remolcar el vehículo. “A los 5 minutos yo estaba empapado y ella con el vidrio bajado un poquito para evitar mojarse y dañarse el peinado dirigía la operación y ofrecía el celular a la mujer del auto averiado. Cuando me subí me dijo: ‘Mi amor, te mojaste’. Llevamos a la señora a un sitio seguro y las gracias principales fueron para Pepa, por eso le digo que gana indulgencias con rosario ajeno”, repite y ríen sin parar.
Así son ellos, comparten tres hijas, anécdotas, trabajo, diversión, paseos en pareja no planificados, también preocupaciones que buscan resolver juntos y con la misma fórmula superar las penas, porque entre dos los problemas pesan menos. El secreto, aseguran, no es querer ser feliz uno, sino tratar de hacer feliz al otro.
“Si uno intenta todos los días ver feliz a su pareja, ella lo hará feliz a uno”, insiste Simón David. (K.M.A.)
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