Kenia Rojas y Bismarck Izquierdo
Narcisa Zambrano y Roberto Lecaro
Juan Carlos Fallú y Elvira Cedeño
María Fernanda López y José González
El amor los llevó al matrimonio, pero en el hogar encontraron que en el trabajo también se complementan. No tienen las mismas especialidades profesionales y aun así han conectado sus vidas laboralmente, siendo pareja en todos los aspectos.
Un pacto binacional por amor y los textiles
Kenia Rojas y Bismarck Izquierdo
A la Cuba de la rumba Bismarck Izquierdo fue a estudiar por dos años. Faltaban pocas semanas para su retorno a Ecuador cuando en un resort conoció a Kenia Rojas.
Los pretextos para postergar su regreso al país e incorporarse a los negocios de la familia lograron completar seis meses. Suficientes para casarse con la cubana, junto con la que hoy tiene quince años y, a más de compartir cuatro hijos, hacen un equipo de trabajo en 3B, una fábrica de textiles que él gerencia.
La adaptación al Ecuador no le fue fácil a la joven, quien a sus 18 años hizo el compromiso de formar un hogar, pero también se integró a los negocios que por más de 25 años habían mantenido a flote los padres de Bismarck. Hoy la fábrica tiene algo más de 40.
En medio de constantes llamadas a la isla y cartas a su madre, Kenia laboraba en el área comercial, realizó un diplomado en marketing y otro en gerencia de servicios. Aunque estaba a gusto con la atención a clientes de alto nivel, esto no la llenaba.
Bismarck relata que su esposa se interesó “por los trapos y empezó a jugar con ellos porque los tenía a mano”. En ese contexto surge el interés de estudiar diseño de modas y hoy es la diseñadora de 3B.
Él está en la gerencia comercial y ella en los productos. Kenia asegura que confían mutuamente en su trabajo y que se complementan.
En la fábrica respetan sus espacios y aunque salen juntos a almorzar hay días en que en otros horarios no tienen contacto, a pesar de que sus oficinas se enfrentan y las puertas son de vidrio.
Después de quince años y totalmente adaptada a Guayaquil, Kenia dice que trabajar con su esposo es una ventaja porque ella tiene conocimiento de sus ocupaciones y sabe cuándo él llega cansado, lo que es menos probable con las señoras que esperan en casa y quieren salir de paseo o de compras y se enojan cuando el cónyuge se niega porque desconocen que él ha tenido un día complicado.
“Trabajar juntos ha aumentado el conocimiento del uno y el otro, de cómo reaccionamos ante un estímulo, podemos saber cuándo uno necesita apoyo”, agrega.
En el trabajo cada uno tiene una responsabilidad y en casa es similar. “Mis hijos son cubanísimos. Nacieron en Ecuador pero les encanta el baile, y bailan y hacen karaoke conmigo; a Bismarck no le gusta mucho”, relata ella y él alega que está en la parte de los juegos de video que ella detesta, también en los deportes. Es el que impone las reglas de la familia.
“Él pone las reglas y yo las rompo”, interrumpe Kenia para reír con gusto; enseguida aclara que es una broma. Ella tiene a su cargo la parte de la educación de los chicos de 12, 8, 3 y 2 años. En las tardes, Bismarck se enfoca en la relación, películas y juegos.
“Como esposos nos comprometimos a sacar adelante a la empresa y la familia”, coinciden.
Una conexión por la vida
Narcisa Zambrano y Roberto Lecaro
Tras siete años como novios, los doctores Roberto Lecaro y Narcisa Zambrano se casaron. Y su sociedad matrimonial rebasó las barreras de lo familiar a lo profesional. Un cardiólogo y una nutricióloga conectaron también su vida laboral.
Roberto disfruta de recordar que la conoció siendo estudiante de medicina y ella del colegio Las Mercedarias. Cuando Narcisa ingresó a su misma carrera, él estaba en segundo y el interés que había surgido un año antes creció en el entonces aspirante a médico. Apenas ella obtuvo su título profesional se casaron.
Las especialidades las tomaron luego y aunque parecería que iban en caminos distintos, sus objetivos terminaron encontrándose, no solo porque como médicos trabajan por la salud, sino que ambos han tenido que derivarse pacientes.
De espíritu jovial, los Lecaro Zambrano coinciden en gustos y se complementan en proyectos.
“Narcisa sabe escuchar y se entusiasma con cada idea que se me ocurre”, dice Roberto. Por su parte, ella destaca que regularmente caminan en la misma dirección y hasta estudian juntos.
Y no solo eso, el año anterior cumplieron diez años organizando la denominada Caminata por la vida. Ella la ideó después de que revisando juntos datos de la FAO vieron los altos niveles de mortalidad por enfermedades cardiovasculares. Adicionalmente acaban de integrarse a un grupo de defensa del ecoturismo.
Cuando a Roberto le llega un paciente hipertenso, con sobrepeso y hay riesgo de problemas del corazón por la misma causa, se lo remite a Narcisa para que aplique la dieta que conviene. Ella aclara que en su caso también le corresponde enviarle pacientes a su esposo si así lo dicta el diagnóstico.
Uno de los tres hijos de los Lecaro es chef –Roberto– y con él Narcisa creó Nutrilight, que entrega dietas personalizadas a los pacientes de ella, su esposo o particulares.
Aunque su hijo reside fuera del país, el negocio, que para Narcisa es un servicio de dietas personalizadas según el padecimiento, continúa.
Sus objetivos son disfrutar su vida y ayudar a sanar los males de sus pacientes. Así se dicen felices.
La Gloria de ser socios
Juan Carlos Fallú y Elvira Cedeño
Tienen 21 años casados y casi el mismo tiempo como socios. Elvira Cedeño conoció a su esposo en el desaparecido Emetel (empresa de teléfonos). Ella había ido a hacer una llamada de larga distancia y él un trámite. Cuando la llamaron por su apellido para que atendiera la comunicación, Juan Carlos Fallú escuchó con atención y la esperó afuera de la oficina pública.
“Señorita Cedeño, la puedo llevar a su casa”, le ofreció. “No, gracias, no acepto invitaciones a desconocidos”. Él sonrió, no se dio por vencido y logró al menos que le diera el número telefónico. Así, en pocos días, los hoy propietarios del paradero turístico La Gloria, de Cerecita, empezaron un noviazgo de siete meses.
Ella era estudiante de párvulos y la madre de Juan Carlos fue maestra en Chone. Esta coincidencia los unió más. En el primer momento a él le cautivaron los ojos de su actual esposa. A ella, su caballerosidad y estatura.
Ya casados empezaron a trabajar juntos en lo que es la pasión de él: el comercio. Elvira aprendió lo relacionado con los fármacos y lograron una cadena de cuatro farmacias Gloria en Guayaquil. Llevaban dos años de casados y tenían estabilidad económica, su relación era estable, pero faltaba algo en su familia, relata Elvira. Entonces llegó José Carlos, su único hijo, quien se convirtió en el centro y fortaleza del hogar.
Siendo ambos manabitas, coinciden en que tienen un especial cariño por Guayaquil, pero querían ser embajadores del sabor de su tierra natal ya que una de las cosas que más disfrutan juntos es la buena comida. Juan Carlos Fallú compró una hacienda en Cerecita hace diez años y le propuso a su esposa una nueva sociedad: un paradero turístico. Tal como en su matrimonio, ella se encargó y lo sigue haciendo de la parte administrativa y marketing; él, en cambio, del estudio de mercado y del proyecto, que incluyó diseño de cada uno de los espacios de La Gloria. “Yo siempre le digo que él debió estudiar arquitectura”, sostiene.
A Juan Carlos, especialmente, le gusta la naturaleza. A Elvira le fue más difícil dejar Guayaquil, pero hoy se declaran felices con su paradero turístico porque “somos los únicos socios, nosotros decidimos juntos”, dicen.
El negocio de los Fallú es también su hogar. Tienen su casa en el mismo lugar, pero esto no es un obstáculo para su vida familiar, porque disfrutan de la naturaleza y muchos de sus clientes ya son sus amigos.
Una chef que hace dietas por el gastroenterólogo
María Fernanda López y José González
José González y María Fernanda López no comparten el mismo espacio laboral pero sus trabajos se complementan, a pesar de que él es médico gastroenterólogo y ella chef. Fue él quien tuvo la idea de conectar sus ocupaciones, más por una necesidad en su radio de acción que por otra cosa.
El médico de 55 años conoció a su esposa María Fernanda, de 35, luego de que él había enviudado año y medio antes. A los seis meses, ella estaba embarazada del primero de sus dos hijos, cuenta con algo de picardía Mafer, como la conocen sus amigos, pero aclara que cree en los “designios divinos y desde que nos vimos sabíamos que estaríamos juntos”. Ya cumplieron ocho años de casados.
María Fernanda fue empleada en la banca y una vez que se embarazó vino el matrimonio y se dedicó a tiempo completo a su esposo e hijos. Al tercer año de casados, él le dio como regalo un curso de cocina, considerando que a ella le atraían las artes culinarias. Pero más allá de eso, revela él, estaba una idea que lo acosaba desde hace tiempo: “Tenía la necesidad de que alguien hiciera las dietas a sus pacientes”, quienes constantemente protestaban cuando en consulta recomendaba una lista de alimentos. Con este obsequio él quiso probar si su esposa podría asumir ese reto.
Luego del curso ella empezó a mostrar en casa lo aprendido y él era su crítico. Entonces le planteó que ingresara a la Escuela de los Chefs, pero ya con la propuesta de convertir esa carrera en una especie de ayuda a las necesidades de los pacientes del gastroenterólogo.
Y así nacen las dietas de Mafer, que más tarde se convierten en un restaurante que ofrece también platos típicos. La carta oferta almuerzos para diabéticos, para quienes sufren de gastritis, úlcera, pancreatitis, etcétera. Es el médico quien hace para el local de su esposa una tabla de ingredientes como la que entrega a los pacientes en la consulta. Ella pone los sabores.
El gastroenterólogo asegura que a lo largo de sus 30 años en la medicina, permanentemente sus pacientes le decían: “Pero doctor, quién me va a hacer esta dieta. Yo no tengo tiempo”, cuando les daba la tabla de alimentos que debían ingerir según sus diagnósticos. Los pretextos no faltaban, “señalaban que se cansaban de comer lo mismo o que no sabían cómo preparar una u otra verdura y las medicinas hacen su parte, pero la alimentación es muy importante para que se superen las dolencias”, precisa González.
Dice que el restaurante de su esposa, ubicado en el centro comercial Alborada, que también hace entregas a domicilio, ha aliviado su trabajo y le ayuda al control de los pacientes que a veces van unos días y una vez que se acostumbran a comer sano lo siguen haciendo en su casa.
Él pasa en su consultorio y ella en el restaurante. Almuerzan juntos. Todos comen dieta, incluidos sus hijos. En casa comparten las actividades domésticas, disfrutan de una salida al cine y de la playa con relativa frecuencia. Paralelamente ella continúa sus estudios para convertirse en chef internacional y obtener la certificación de chef ejecutivo.
Compartir
Enviar email
Comentarios (0)

Escribir comentario





