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Marta de Rivera

“Vivir sin miedo”

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25 años lleva en Ecuador compartiendo con sus amigas y compañeras trabajos literarios y experiencias de vida.


Para la argentina Marta Solla Iglesias, el escollo más fuerte de la sociedad es el auge de la vida fácil y escapista. Cuando dice vida fácil se refiere el recurrir a las drogas, el alcohol, la farra y hasta la violencia. “Independiente del género, cada vez es más frecuente que un hijo o hija adolescente llegue a casa en no muy buenas condiciones. Además, en los hogares con posibilidades económicas no hay límite adecuado para los consumos de tecnología, la que es exhibida ante sus amigos como signo de poder. Estas exigencias también se trasladan a los padres con menor poder adquisitivo”, agrega.

Actualmente, continúa Marta, la gente está viviendo en un nivel de pobreza muy grande, sobre todo, en los países subdesarrollados. “Hay muchas personas con mucho dinero proveniente de los grandes negociados y de las distintas burocracias, en diferentes gobiernos”.

Pero la diferencia es que hay otras personas que aprendieron a obtener sus metas a base de trabajo honesto y perseverancia y eso lo transmiten a sus descendientes. En su caso, afirma que desde pequeña fue “trabajólica”. La tradición familiar de los Solla, en relación con las mujeres, señalaba que podían estudiar lo que quisieran, pero primero tenían que ser maestras. Así siendo de clase media, el trabajo y el estudio eran el blasón más preciado.

“Viví la salida de la Segunda Guerra Mundial, con padres que se “atrevían” a seguir teniendo hijos a pesar de los horrores que se conocían. También tuve la fortuna de vivir utopías y tragedias en mi país, en el mundo, con mis amigos. Creo que todo eso me acerca profundamente a la empatía con los seres que forman parte de mi vida”.

Ecuador, por supuesto, no puede escapar a lo que sucede en el resto del mundo, pero en unos tonos menores por ahora, afortunadamente. Como diría el psicoanalista argentino Pacho O’Donnell, estamos transitando por la sociedad de los miedos a nivel mundial. Miedos colectivos a ser distintos, quedarse sin trabajo, perder lo que se tiene, al futuro; en los jóvenes, a no encontrar un trabajo digno. Incluso miedos personales que se transforman en colectivos por acción de la palabra: a no ser amado o amada, a la soledad, la vejez, el sufrimiento, la locura. Y en todo momento: la inseguridad urbana.

A esto Marta añade el concepto de la “Sociedad de las Carencias Básicas”: prevención del calentamiento global, distribución de agua realmente potable en servicios habitacionales, educación, planificación de las infraestructuras de los lugares habitables y productivos, alimentación, cuidado de la salud y mortalidad infantil, entre otras.

Otro de los escollos, asegura, es la pérdida de la juventud y la capacidad de conseguir un nuevo trabajo. Es uno de los factores que ha incrementado las cirugías plásticas y eventualmente la modificación de la fecha de nacimiento. En un mundo en el que tenemos que vivir con máscaras para ser aceptados (no solo en Ecuador), la vida se hace más compleja. “Hoy la gente se complica mucho por su apariencia física”.

Marta destaca que hay que encontrar mejores caminos para una sociedad más justa donde no predomine lo económico. Incluso menciona al filósofo italiano Giorgio Agamben quien cita a Barthes: “lo contemporáneo es lo intempestivo”. El ser contemporáneo significa regresar a un presente en el que nunca hemos estado. Por lo tanto somos capaces de transformarlo y de ponerlo en relación con los demás tiempos.

Enfrentar lo difícil
En lo personal, esta argentina de 67 años enfrentó la enfermedad de su esposo, Pepe Rivera Noboa, guayaquileño, ex sacerdote jesuita que obtuvo las dispensas papales luego de haberlas solicitado y con quien se casó y se estableció en Ecuador hace tres décadas.

Marta se reconoce como una persona muy fuerte cuando la vida la pone en situaciones duras, por lo que sugiere aprender a vivir sin miedos. Durante un año estuvo en los Estados Unidos batallando contra el cáncer de su esposo. “Todo el mundo se preguntaba cómo ambos hablamos de que se estaba muriendo. Él decía que la muerte había que asumirla como un proceso natural, porque todos vamos a morir algún día”.

Pepe fue una persona muy conocida. Era profundamente religioso y enseñó a mucha gente a amar, a creer en los demás, a ser mejores. Fue padre, madre, hermano, amigo, profesor para muchos. Su último cargo laboral fue el de vicepresidente del área de Desarrollo Humano del Banco del Pacífico, recuerda.

Se conocieron en 1976 en Brasil, en un congreso de psicología clínica donde estaban dando examen para ser miembro clínico de Análisis Transaccional, un sistema de psicoterapia individual y social.

En ese momento hubo química, pero él le confesó que estaba terminando una relación. Dos años después, en otro congreso se reencontraron, le propuso matrimonio y a la semana Marta estaba viviendo en Ecuador.

El ‘de’ en su apellido
Diez años han pasado desde que Marta de Rivera enviudó y asegura no quitarse el ‘de’ en su apellido porque la presencia de su esposo en su vida es tan trascendente como la de sus padres.

Trabaja desde las 08:00 hasta las 20:00 en su consultorio. Pero antes se da tiempo para chatear con su sobrino nieto Ezequiel Nicolás. “Gracias a la tecnología podemos vernos, escucharnos, cantar y jugar. Incluso me mantengo en contacto con mis amigos de Ecuador y otros países. Con ellos comparto mi tiempo virtual y al que fui transformando en intensamente personal”, asegura.

También le encanta la jardinería. Su departamento tiene una terraza donde hay plantas traídas de Buenos Aires que huelen a romero y a laurel; además, el trinar de los pajaritos de los alrededores hace este espacio muy acogedor, y una vida más llevadera.

Una vida que quisiera continuar sin que la atrape el miedo a enfermarse como un vegetal y no poder expresarse.

Como médica psiquiatra y psicóloga clínica da un enfoque de sus percepciones actuales y desde su experiencia de vida nos muestra que debemos aprender a enfrentar las situaciones más difíciles sin temor.

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