“Soy un director al que le gusta trabajar mucho en la situación del espectador con respecto a lo que está viendo y eso fue lo que pasó con El amante, fue en una casa en Las Peñas, no en un teatro convencional, la música era un tambor español en vivo”.
Alejandra Paredes y Alejandro Fajardo durante la obra El Amante.
Estaba dedicado al diseño industrial y el manejo de imagen institucional, pero en su ‘crisis de los 30’ se mudó a Madrid y descubrió su vocación actoral. Debutó con El amante y alista dos obras más.
Levanta sus brazos, esconde su cabeza entre ellos y cierra fuertemente los ojos cuando lo cuenta. Es como si volviera a repetir aquella escena: parado en el escenario al término de una interpretación teatral una lluvia de tomates le cae desde el público y lo único que atina es a cubrirse.
Jaime Tamariz estudiaba en la escuela de interpretación de Cristina Rota en Madrid y como aprendiz debía montar obras, actuar y sujetarse al juicio final del público. La escuela contaba con un teatro en su interior y desde sus primeras clases debían hacer prácticas allí.
“Al público le dan un tomate y hay una parte donde puede tirarlo si no le gusta lo que está viendo. En ese momento te enfrentas tú al público. Recibí muchísimos tomates, pero el día que recibes los aplausos, eso es la gloria”.
Su relación con el teatro nació hace unos 8 años; sin siquiera imaginarla. Jaime Tamariz había egresado de Diseño Industrial, se había graduado de Comunicación Social con especialización en Diseño Gráfico y en Marketing y Dirección de Empresas en la Mónica Herrera, y estaba dedicado a la publicidad (trabajó en Norlop y Qualitat).
Pero cuando estaba próximo a cumplir los 30 años le entró la crisis de la edad. Vendió su carro, hizo maletas y se fue a España por dos razones simples: eran un país que no conocía y no necesitaba hablar un idioma diferente, aunque no tenía claro qué iba a hacer.
“Me fui en aventura, llegué a un hotel en Madrid en el cual viví un mes”. Hizo amigos, buscó universidades y trabajo en lo que sabía: la publicidad. Se vinculó a la agencia Toluwa, con la que ganó la cuenta de Holcim para España; hizo trabajos para el Ministerio de Turismo de Egipto, la empresa de telecomunicaciones de Argelia.
Al año y medio supo de la escuela de Cristina Rota. “Me decía ‘me estoy volviendo viejo, no he hecho nada, solo he pasado sentado frente a la computadora’; entonces quería algo que me mantenga en actividad”. Consideró hacer tai chi y yoga, pero uno de sus amigos le recomendó la actuación porque daban danza y movimiento.
Entonces se enamoró del teatro. “Es una escuela de mucho prestigio, ahí estudió Penélope Cruz”, cuenta, y algunos de los ganadores del premio Goya. Su exigencia es tal que de los 300 alumnos que ingresaron, solo 28 se graduaron.
Como actor profesional fue de a poco dejando la publicidad. “Fue una ruptura fuerte para mí. Cada vez mi proceso de meterme en el arte fue más intenso y requería más tiempo. Fue un descubrimiento alucinante. Esa sensación de que algo sucede con el público es lo maravilloso que tiene el teatro y que no tiene el cine”.
Dice que en sus interpretaciones le ha tocado hacer desde Jesucristo hasta militar español de los años setenta. Y las ha disfrutado todas.
De vuelta a Ecuador
Tamariz estaba metido de lleno en el teatro en España. Como asistente de dirección, estaba próximo a estrenar la obra Desde arriba, cuando el destino lo puso de vuelta en Ecuador. “Nunca llegué, la obra se estrenó sin mí”.
Vino a pasar vacaciones de Navidad y fin de año con su familia en Guayaquil y cuando se disponía a regresar no se le permitió la salida. Él estaba en el trámite de su residencia permanente y desconocía que para salir de Ecuador necesitaba un documento llamado permiso de retorno.
De eso ya dos años.
Los trámites en la Embajada lo llevaron a vivir a Quito y allá terminó vinculándose de nuevo a la publicidad y al manejo de imagen institucional con la renovación de Gamatv. “...No sabía qué iba a hacer acá después de ocho años fuera, hasta que me cansé y dije ‘se acabó, la vida me quiere aquí’”.
Sus amigos Alejandro Fajardo y Alejandra Paredes le comentaron de la idea de montar la obra El amante, de Harold Pinter. A él le agradó la idea y lo que empezó como un proyecto entre amigos terminó en una proyección exitosa.
El amante fue un trabajo de 4 meses, en el que hubo un intercambio de conocimientos con los actores.
Luego de eso decidió asentarse en Guayaquil y montar su propia productora, Daemon, junto a su socia Denisse Nader. Con ella alista proyectos teatrales y cinematográficos. Uno de ellos es llevar El amante a Quito y Cuenca.
Ahora Jaime Tamariz mezcla su trabajo de director teatral con el de diseñador (está a cargo de la nueva imagen de la Superintendencia de Bancos) y el de maestro. Junto a Marina Salvarezza coordina la carrera de Comunicación Escénica en la Universidad Casa Grande y da clases de interpretación y actuación, de dirección de arte y diseño. Y sigue empeñado en llevar a la escena guayaquileña una segunda gran pieza teatral, la obra del dramaturgo Tennessee Williams: La gata sobre el tejado de zinc caliente.
“Cuando pensé en qué más podía hacer en Guayaquil, me acordé de Tennessee Williams porque tiene mucha vigencia en Guayaquil; a mí el sur de los años cincuenta en Estados Unidos me recuerda mucho a Guayaquil. Los paradigmas que se manejan sobre todo sobre lo real”, señala.
Con La gata sobre el tejado de zinc caliente la idea es hacer un montaje súper real, donde se ponga en juego el sentido de la realidad. “Vamos a hacer el montaje de una obra realista, respetando el texto y todo, pero haciendo ciertas modificaciones que nos permitan distanciarnos y poder hacer un juicio sobre lo que estamos viendo”.
La obra, que estaba prevista para los primeros meses del año, tendrá como actor central a Roberto Manrique. Pero por sus jornadas de grabación en Colombia se aplazará para noviembre. Hasta tanto, piensa llevar a escena (en julio posiblemente) Las criadas, de Jean Genet, un clásico de la dramaturgia mundial.
Además, ha asumido el reto de trabajar en un guión de cine sobre La Tunda, un cuento de Adalberto Ortiz sobre el realismo esmeraldeño. “Estuvimos seleccionados como finalistas para el concurso del Consejo Nacional de Cine y este año queremos volver a participar para ganar y poder ejecutar el proyecto”.
Hasta tanto, alista maletas para irse al Festival Iberoamericano de Teatro en Bogotá, el 19 de marzo. Quiere conocer gente y nuevas propuestas para seguir haciendo teatro en Guayaquil, esta vez seguro de que la lluvia será de aplausos.
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