Mientras que hasta hace solo un par de generaciones los niños hacían lo posible por complacer a sus padres, hoy somos nosotros los que hacemos hasta lo imposible por complacerlos a ellos. Hasta donde yo recuerdo, los esfuerzos de mis padres estaban encaminados a lograr que nosotros los respetáramos, obedeciéramos sus órdenes, actuáramos en forma correcta, tuviéramos buenos modales y fuéramos estudiantes consagrados. Es decir, entre sus obligaciones no figuraba complacernos sino educarnos.
Agradar a los padres era nuestro problema y no el suyo. Nos preocupaba portarnos mal y disgustarlos, no estudiar lo suficiente y decepcionarlos, o no estar a la altura de lo que esperaban de nosotros, porque creíamos que si los disgustábamos no nos amarían. Así, el instrumento de coacción más eficaz no era el deseo de ser queridos, sino el miedo a dejar de ser amados por las personas más importantes del mundo para nosotros. Pero en la actualidad parece que se han invertido los roles y ahora somos nosotros quienes sentimos que debemos complacer a los hijos para que nos amen y no a la inversa, como en el pasado. Lo más grave de este fenómeno es que desde el momento en que nosotros tenemos que ganarnos el amor de los hijos, son ellos quienes tienen el poder en la familia. Y por eso hoy son los niños los que mandan y los padres los que obedecemos... una situación sin precedentes entre las generaciones anteriores.
El precio a pagar por el amor de nuestros hijos no puede ser colocado en el lugar que nos corresponde como padres... ni dejar de hacer por ellos lo que no pueden hacer por sí mismos: obligarlos a vivir de acuerdo a unas normas y límites que los mantengan dentro de lo que es correcto y saludable, aunque no sea lo más divertido. Hay que exigirles más que agradarlos, ganarnos su respeto más que su amistad y luchar contra el infundado temor a perder su amor si no los complacemos. Así podremos aliviar a los hijos del terrible peso de ser quienes nos otorgan su aprobación, para volver a ser quienes procuran ganarse la nuestra.
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Seamos verdaderos padres. Y no solo un grupo de personas sometidas a los antojos de los hijos.