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Entre la sinceridad y la imprudencia


entre041009“Libres de fingimiento”, así se consideran, y  sus amigos también los llaman así: los “sinceros extremos”. La verdad es su bandera.

Decir exactamente lo que pensamos es un debate que los teóricos mantienen hace varios lustros. Ser sincero es considerado una virtud; ser imprudente, un defecto a corregir, pero ambos estados son subjetivos.

Ellos no dan las respuestas estándar si alguien les pregunta cómo le queda su nuevo corte de cabello. No sonríen y dicen, en caso de que no les guste: “Te ves diferente”; ellos fruncen el ceño y expresan: “No sé por qué te lo cortaste, la verdad no te queda bien, se te ve la cara más redonda y cuando no esté cepillado...”.

No hay que confundirlos con los imprudentes, quienes suelen ‘soltar’ las palabras sin percatarse del ambiente o situación en que se encuentren.
Los sinceros extremos están conscientes del lugar y la circunstancia en los que están y precisamente por esa razón dicen lo que dicen, la verdad.

Fátima (quien pidió que cambien su nombre para evitar que sus ‘víctimas’ sean identificadas) tiene 34 años, hace más de diez se mudó de país, pero quienes aquí la conocieron no olvidan sus comentarios ‘sinceros’. Ella reconoce que sus opiniones eran –y digo “eran” porque ahora asegura poner empeño en el cuidado de los criterios que expresa– a veces chocantes, pero con base en su experiencia de vida en Europa y Estados Unidos, dice haber entendido que lo importante es percibir el ambiente en el cual se encuentra antes de emitir sus comentarios. “Yo no veía el problema en decir lo que pienso y lo que creía que era cierto. No entendía cuál era la sorpresa, si eso era lo correcto. Ahora entiendo que es cuestión de sociedades; en Ecuador las personas son más sentimentales”, dice.

Édgar (también pidió cambio de nombre)  describe su sinceridad como la verdad sin eufemismos (manifestación suave de ideas cuya franca expresión sería dura o malsonante). Él narra que su franqueza viene de la educación que sus padres le impartieron, pero que la practica solo con sus amigos y familiares. “Si alguien me pregunta mi opinión, digo lo que opino, no lo que el otro quiere escuchar. Y a pesar de que algunos se resienten y dicen incluso que no tengo sentimientos, siempre vuelven a preguntarme porque saben que no les voy a mentir”, asegura.

Ante la situación, la psicóloga Sonnia Toledo explica que ‘demasiada’ sinceridad puede ser producto del intento de causar daño en el otro, si es practicada con personas de poca confianza, pues la reacción de interlocutor es diferente en cada caso.

La profesional expresa que el tacto o prudencia para proceder es indispensable para no lastimar. “Se debe tener un filtro bastante especializado para dosificar las palabras con las cuales expresamos nuestra sinceridad”, afirma.

Toledo comenta que en su experiencia este problema se manifiesta con mayor frecuencia en relaciones conyugales y laborales, y aunque la sinceridad está considerada dentro de las virtudes humanas, la prudencia y empatía son básicas dentro de la convivencia. (G.J.)
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